Veamos, ¿cómo iba la cosa? Ah, sí. Fines del siglo XVIII, Buenos Aires se alza como capital del Virreinato del Río de la Plata, viva el libre comercio y “pum” para arriba. Una nueva clase mercantil porteña pide pista. Por cuanto la casona pulpera ve multiplicar sus ambientes y cambia el cartelito de “casa colonial” por el de “casa de notables”. Los morlacos se multiplican en los bolsillos de los transeúntes del barrio, aunque, claro está, ellos no saben de qué estamos hablando. Mucha agua deberá pasar bajo el puente, o por el cauce indomable del tercero del sur (¡guarda que en este capítulo lo entuban!), para que los inmigrantes y su lunfardo –quien dice morlacos también dice viyuya– copen la parada en la casa conventillo. Por lo pronto, En estos primeros setenta años del siglo XIX nos quedamos. Y verá que es más que suficiente. ¿Preparad@?
Dame luz
Ahora bien, ¿por dónde empezar a echar luz a todo lo acontecido en poco menos de un siglo? Para facilitarnos las cosas, empecemos entonces por la Manzana de las Luces. Hemos dicho, los jesuitas ya son historia en ella, pero se viene otro batacazo: el 12 de agosto de 1821, el ministro Bernardino de Rivadavia crea la Universidad de Buenos Aires ¡Nuestra vieja y querida UBA! ¿Rivadavia ministro? Sí, faltaba un pelín para que ocupara “el” sillón, pues para entonces no éramos país, sino un conjunto de gobernaciones; y la de Buenos Aires, bajo la tutela de Martín Rodríguez. El caso es que la universidad ocupó las instalaciones de la antigua procuraduría jesuita (en la intersección de Perú y Alsina). Y ese mismo año se construyó también la sala de representantes, en la esquina de Moreno y Perú, done funcionó la Legislatura Provincial entre 1822 y 1884. Palabras más, palabras menos, la primera Sala de Representantes de Argentina, de la que aún se encuentran vestigios. ¡Y para entonces ya la primitiva casona pulpera con cerca de un siglo en el lomo! Es más, si mira el plano trazado por el ingeniero francés Felipe Bertrés en 1822, verá que la manzana en la que está la pulpe ya se ve parcialmente construida.
Sepulcro para tod@s
¿De qué iba entonces el panorama por las altas esferas? Casi que el clásico de la historia argentina: unitarios versus federales. O, para entonces, cuando la jerga política no había dado vida a tales rótulos, un gobierno centralista, con clara tendencia a beneficiar a Buenos Aires, versus las provincias del interior. De hecho, el ojo de Rivadavia estaba puesto en la ciudad misma, cual actual Jefe de Gobierno, más no así en el interior de la provincia. Así es como, bajo su cargo, se ensancharon avenidas, ¡se terminó la fachada de la Catedral! y se establecieron las ochavas obligatorias en las esquinas, entre otras modernizaciones. ¿Una más? La creación del Cementerio del Norte, o de la Recoleta, en 1822, en el huerto que le fuera expropiado a los monjes recoletos, junto a la Iglesia del Pilar. Claro que para entonces no era el aristócrata cementerio que habría de ser, pues no había aún tan marcado escalafón social, y la llamada élite porteña no se afianzaría sino hasta segunda mitad de siglo. Los primeros sepulcros fueron muy sencillos (échele un vistazo a la galería de fotos), y por decreto se había establecido, incluso, que tanto católicos, como judíos, masones e incrédulos podían ser sepultados allí.
El juego del sillón
Pero volvamos a la Sala de Representantes, que para 1824 algo importante de cocinó ahí dentro: el proyecto de ley que crea el Poder Ejecutivo Nacional. Y ni bien comenzado el año 1825, la resolución de que el nuevo estado se llamará Provincias Unidas del Río de La Plata. ¡Habemus país! Con un detalle: la Banda Oriental (actual Uruguay y parte de Río Grande del Sur) estaba dentro, lo que trajo cola con Brasil. Dicho en criollo, guerra en puerta. Por lo que urgía la figura de un Jefe de Estado. Y ahí sí, Bernardino, al sillón nomás. En 1826 se crea una Constitución de carácter unitario (en la cual se establece ya el nombre de Argentina) que tensiona más todo con el interior. Por lo que Rivadavia estuvo en problemas desde el minuto cero, abandonando su asiento sin haber siquiera llagado a entibiarlo. Lo ocupó apenas dieciocho meses. Poco tiempo, cómo no, pero el suficiente para concretar el llamado Plan Rivadaviano. Y para pista de lo que fue, va un botón. ¿Vio la curvita que hace la avenida Callao unas cuadras después de haber cruzado la avenida santa Fe? Si mira la traza de Entre Ríos-Callo en un plano, con esa curva final, verá que es muy similar a la de la circunvalación actual de la Ciudad de Buenos Aires. ¡Y es que ese pasó a ser el límite de la ciudad para entonces! Un boulevard amplio desde donde partían otras avenidas hacia el oeste, para facilitar el ida y vuelta de mercaderías con la periferia.
En la meseta
¿Y ahora, qué? Sale Rivadavia, entra Vicente López y Planes. Para luego pasar la batuta al Coronel Manuel Dorrego. Al “federal” Dorrego… Por lo que sí, inauguramos oficialmente la contienda unitaria-federal. Porque el “federal” Dorrego acabaría fusilado por el “unitario” Juan Lavalle (su monumento en la plaza que hoy lleva su nombre, en “Tribunales”, data de fines de siglo, pero el palacio Miró, nuestro ilustre desaparecido, bien puede contarle su historia). Y en medio de todo este caos, ¿quién asumiría con facultades extraordinarias? Juan Manuel de Rosas. Alzando la bandera del pobre Dorrego, el Restaurador se alza como líder del federalismo. Es entonces que el sector ganadero se impone al mercantil, y la ciudad de Buenos Aires comienza a teñirse de una estética pampeana. Mate, asado con cuero y, más que nunca, juegos camperos en las pulperías porteñas. De hecho, en los veintitrés años de rosismo el desarrollo edilicio de Buenos Aires vive un frenazo. Vista desde el río, la ciudad ofrecía hileras de casas bajas con techos de teja casi en su totalidad, con la sola sobresaliente presencia de las cúpulas y torres de los templos. El viejo fuerte con los antiguos cañones de bronce todavía seguía ahí, casi fantasmal. Las calles eran de tierra o mal empedradas, pues el turno de los adoquines llegaría recién a finales de siglo –la calle Defensa sería una de las primeras–, y pegadito a la avenida circunvalatoria la actual Plaza Congreso era aún el llamado “hueco de Lorea”, el baldío en el que se detenían las carretas. Del otro lado, ya en los suburbios, escasísima edificación: algunas chacras y quintas.
Colorín rosado…
¿Será que de una vez le llega el turno al entubamiento del Tercero del Sur? Pues ahora sí que sí. Tras la caída de Rosas en 1852, la cosa cambia de color. Notablemente de color. En 1854 se establece una Municipalidad para la ciudad. Ese mismo año se funda el “pueblo” de Flores y, un año más tarde, el de Belgrano. Se termina también el muelle de pasajeros, que con una longitud de 210 metros se interna en el río a la altura de las actuales calles Sarmiento y Bartolomé Mitre. ¡Y guarda que se viene la Aduana Taylor! Esa panza semicircular que refrescó el rostro de la ciudad para los recién llegados desde alta mar (mire en la galería de fotos que joyita de obra fue… y visite hoy sus vestigios en el museo que se halla detrás de la Casa Rosada). Para completar las comunicaciones, también le llegaba el turno a los ferrocarriles. Y poco a poco, la palabra progreso comenzaba a hacerse eco en las calles porteñas. Incluso, acercándonos a la casona de la pulpe, la para entonces casa de notables –y ahora al fin entenderá por qué–. Fue allá por 1857 que un tal Lezama le daría al barrio un brillo que no conocía hasta entonces.
Notable
Camino obligado hacia el puerto del sur, cómo no. Y una vez entubado el Tercero del Sur, la calle Defensa tenía todo para ser “la” arteria de Buenos Aires. Aquella que reflejase la pujante ciudad en la que los pagos porteños comenzaban a convertirse. Y allí estuvo el salteño José Gregorio de Lezama, exitoso comerciante que se hizo de la entonces llamada “quinta de los ingleses”, en la que no solo construyó una lujosa mansión con torre mirador y galería… Pues, aficionado a la botánica, extiende el jardín de la residencia hasta la calle Brasil, incorporándole especies arbóreas procedentes del exterior, además de caminos con escalinatas, glorietas y miradores en las barrancas. Ah, también coloca estatuas, fuentes, estanques. ¡Qué casita, eh! Al fin esos eran los aires que se respiraban para entonces en el actual Parque Lezama, en la zona donde las casas y sus habitantes eran cada vez más notables. Eso sí, cuando se vino la fulera, Lezama no dudó: ante la epidemia de fiebre amarilla, puso a disposición su mansión como hospital de aislamiento. Y después… después todo empezó a cambiar una vez más.
Llegarían los tiempos de huida, de vaciamiento y repoblación inmigrante. De casa de notables vueltas inquilinitos. Conventillos. Incluida la casa de la Pulpe. Pero hasta aquí llegamos por ahora. Tómese un respiro. Después la seguimos.