Arroyo(s) de Buenos Aires: tercero(s) en discordia

FOTOTECA

En la historia de amor entre los porteños y su querida Buenos Aires, hubo más de un arroyo en discordia. Hoy presentamos a los terceros.

¿Y si le decimos que en la actual plaza Constitución alguna vez hubo una laguna? ¿Y que por sobre avenidas, la Ciudad de Buenos Aires estaba surcada por arroyos? Cursos de agua por aquí y por allá obligaban a levantarse las botamangas y meter los pies en el agua, en el barro. Eso sí, cuando el cruce lo permitía. Porque más de una vez los fuertes caudales han hecho de las suyas a lo largo y a lo ancho nuestra querida Buenos Aires. Esa que, de cara al Río de La Plata y teniendo a sus aguas como horizonte, no olvida los cursos que han irrigado su latiente suelo.

Tricota

Alguna vez le hemos contado sobre el ataque de historia de la calle Defensa, y que para llegar a La Pulpe desde la actual Plaza de Mayo, como antiguamente lo hacían las carretas que iban derechito al puerto de La Boca, había que vérselas con el guapo más guapo de este arrabal santelmiano: el arroyo Tercero del Sur. ¿Y que por qué su nombre? Pues porque hubo un segundo y un primero. O mejor dicho, tres secciones del arroyo que, en nombre de esta triple bifurcación, se dio a llamar “Los terceros”. Y así es como tres fueron los señoritos en discordia en una población que no lograba domar su fiereza: el Tercero del Norte, el Tercero del Medio y el Tercero del Sur. ¿Diseccionamos su historia?

El Tercero del Medio

Fuerte y al centro, como para asegurar el gol. Así corría el Tercero del Medio o Zanjón del Matorral, desde la intersección de las actuales Independencia y Entre Ríos hasta desembocar en aguas rioplatenses. Aunque con un recorrido que ni le contamos… O mejor sí: bajaba hacia el este, formando una especie de laguna en Rivadavia y Paraná (¿se imagina chapoteando en la Plaza Lorea, junto a “El pensador” de Rodin?), para serpentear luego por la traza de la calle Talcahuano y volver a desembocar en aguas mayores: la laguna de Zamudio en la hoy Plaza Lavalle. Desde allí, Viamonte, Suipacha, Córdoba, Maipú, Paraguay, una cruce campante por la peatonal Florida y, por Tres Argentos, finalmente llegar a su destino final. ¿Qué si Buenos Aires era entonces la modesta aldea que en sus tiempos virreinales? Ni tanto. Y para muestra de los tiempos hasta los que el arroyo Tercero del Medio trajo dolores de cabeza, va un botón: el muy atrevido inundó más de una vez el tercer sótano del Teatro Colón, inaugurado en 1908. Sí, cuando el bicentenario estaba a la vuelta de la esquina y Buenos Aires se perfilaba como la París Sudamericana. Que no se diga… Pero se lo decimos: en aquella primera mitad de siglo XX, el Tercero del Medio seguía dando trabajo. No fue hasta el año 1950 que las obras de saneamiento de la ciudad la dejaron chiche-bombón al completo.

El Tercero del Norte

¿Nos vamos para arriba? Que por suelo norteño también hay historia de la linda. El tercero del Norte fue también llamado Arroyo Manso, pero mucho ojo, que no por ello todo fue paz y amor con él. Nacido de dos lagunas, cerca del cruce de Venezuela y Saavedra, el Balvanera, el mansito agarraba 24 de Noviembre, Corrientes, Paso, Pasteur y Córdoba para meterse en territorio “recoleto” por la actual Sánchez de Bustamanate. Desde allí se formaba un pequeño delta que tomaba las calles Gallo, Austria y Tagle –la Venecia porteña que no fue– y finalmente así, mermadas ya sus fuerzas, el Tercero del Norte desembocaba en el Río de La Plata. ¿Y quién fue –por no decir, aún es– la subterránea víctima de aquel? A falta de teatro, nada menos que la Biblioteca Nacional y su depósito de libros, que aunque no habiendo sufrido inundación, sí que le ha conocido la cara a la humedad. Incluso, la presencia del Tercero del Norte se ha llevado puesto más de un monumento: esos que, por su presencia socavando todo intento, así tranquilo, como quien no quiere la cosa, nunca pudieron ser. ¡Altar de la Patria, sueño “brujo”! No quedó él más que contando ovejitas, bien lejos de consumarse en la realidad, aunque a párpados cerrados aún repitiendo el leitmotiv de su vigilia: “Hermanados en la gloria, vigilamos los destinos de la patria, que nadie utilice nuestros recuerdos para destruir a los argentinos”. Así la cosa, el proyecto del ministro de Bienestar Social José “brujo” López Vega, consistía en levantar un monumento que apelara a la unidad nacional tras la muerte del presi Juan Domingo Perón, y lo haría custodiando los restos de sus “hijos pródigos”: desde el propio Perón y Evita hasta José de San Martín y Facundo Quiroga, entre otros. ¿Ambicioso, no es cierto? Pero espere que falta más…

Hay dos sin tres

Lo cierto es que aunque el Congreso de la Nación aprobó la construcción del mausoleo una semana después de la muerte de Perón, con el golpe del ‘76 el proyecto se hizo agua –cuac–. Porque agua corría por debajo de la avenida Figueroa Alcorta, entre Tagle y Austria (sí, sí, donde se encuentra hoy el edificio de la Televisión Pública), cuando allí mismo, Perón había querido levantar lo que hubiera sido “el monumento más grande del mundo”: el monumento al Descamisado. Con 137 metros de altura (¡la Estatua de la Libertad, un poroto!), hasta llegó a decirse que sería más majestuoso y alto que la Torre Eiffel. Claro que ante los 300 metros de la francesita no había nada que hacer, pero vio usted lo que puede hacer el entusiasmo… El caso es que, sobre un pedestal de 70 metros, hecho de hormigón y con cubierta de cobre, un descamisado de poco más de 60 metros haría alarde de sus más de 40 mil toneladas. Ideado e ilusionado por Eva Perón en 1951 –incluso allí descansarían sus restos–, la Revolución Libertadora del ’55 lo echó por tierra. Claro que ni siquiera llegó entonces a contarse con el inconveniente que sí tuvo la construcción del Altar de la Patria: tantas complicaciones trajo el Tercero del Norte, mansito y todo, que no llegó a estar concluso antes de que el golpe de Estado derrocara a Isabel Martínez de Perón, quien había sucedido al General tras su muerte.

El Tercero del Sur

Y ahora sí, movemos al fin la brújula en búsqueda del arroyo Tercero del Sur. También llamado Zanjón de Granados (este nombre nos suena, ¿no es cierto?), este arroyo nacía en el actual barrio de Pompeya  y, una vez arribado a la estación Constitución –en cuya plaza encontrábamos no solo un lago muy probablemente conformado por sus aguas, sino vegetación a troche y moche– bajaba por la actual Perú. Continuaba su recorrido por Bolívar y se unía a otro curso cruzando Independencia y luego a otro más al llegar a Defensa. Allí pegaba un giro por el pasaje San Lorenzo y bajaba hasta llegar al Río de La Plata. Rebelde con causa respecto a los otros terceros, era justamente esta unión con otros cursos y la variación tanto de su recorrido como de su profundidad la que le dio la temible fama que tan bien se hubo ganado. De hecho, lejos estuve de echarse a dormir una vez que la ciudad entera lo hubiera asumido. Y decimos ciudad entera porque Buenos Aires, nacida en la Plaza de mayo, comenzó a crecer hacia el sur, por lo que el Tercero del Sur trajo dificultades en tiempos mucho más prematuros que el del Medio o el del Norte. De haberlo visto, parroquian@…. Llovía y sus aguas se llevaban todo a la pasada. Y todo es todo: basura, carros, animales muertos y cadáveres humanos. Completito, completito.

 

¿Y qué quedaba hacer ante su furia? Tener paciencia y esperar a que su nivel baje. O aventurarse y… mejor lo dejamos así. Pero atenti con las oportunidades, que los alrededores de la Plaza Dorrego no tardaron en convertirse en zona de hospedaje. ¿Que los carreros no pueden continuar su camino del puerto a la Plaza Mayor? Más no fuese en un cuartucho de mala muerte, allí podían quedarse a cambio de unas monedas. Y con corral y alimento para los bueyes incluido, eh… De ahí que, alrededor de 1780, la plaza se conoció como “La Placita de las Residencias”. Claro que intentos posibilitar el cruce, hubo: un puentecito de madera resolvía el paso en días de lluvias normales, por así decirlo. Pero ante tormentones, la espera seguía siendo la única solución. Y el detalle: podía durar meses. Claro que a la mesa de La Pulpe, el que espera no desespera: las historias no faltan para pasar el tiempo. O detenerlo… Afloran desde las profundidades en las que descansan quienes alguna vez surcaron la superficie Buenos Aires, y mucho antes que nuestros pies: los terceros en discordia. Entubados y a arrullo bajito nos recuerdan, las palabras que nos cuentan y desde las que contarnos siempre nos concilian.