Quiromancia porteña: la casa colonial (primera parte)

FOTOTECA

Leemos el pasado de la Buenos Aires que acompañó a la casona pulpera en cada una de sus épocas. Hoy, la ciudad de la casa colonial.

Casa colonial, casa de notables, conventillo, refugio de la escena artística nacional de la mano de la Fundación San Telmo… Sí, que la casona de la Pulpe fue todo eso ya se lo hemos contado. Y que aunque muchos siglos hayan corrido bajo el paraguas de la historia; aunque el río de los años haya erosionado, socavado y hasta arrastrado consigo los rasgos de una ciudad en constante transformación, ella estuvo ahí, firme y estoica, también. Porque no caben dudas, entrar a la casona pulpera es como leer las líneas de la mano de nuestra Buenos Aires querida: el destino de su traza, de sus calles, sus huecos y zanjones; de sus construcciones. Pues no muchas veces el futuro es una incógnita, sino ese pasado que nos quedó sin descubrir, que no acabamos de reconstruir. ¿Y cuál fue el de la Buenos Aires que acompañó cada etapa de la casona pulpera? Hoy, un recorrido por las construcciones y acontecimientos de la ciudad que acompañaron la existencia de la casa colonial.

Ladrillo sobre ladrillo

Porque primero lo primero, tenga lupa en mano, parroquian@. Tenemos ante nuestros ojos el plano de Buenos Ayres (sí, cuando aún se escribía con la “y”, propia del español antiguo) trazado por el capitán e ingeniero José Bermúdez entre 1708 y 1713. ¿Y qué vemos? La cuadrícula a la que se reducía la ciudad propiamente dicha, nacida en torno a la actual plaza de Mayo y en dirección oeste, pues el gran Río de la Plata acechaba sobre el este, por detrás del fuerte. ¿Y qué había de San Telmo, el para entonces llamado Alto de San Pedro? Un terreno de rostro algo indefinido aún, dada la numerosa presencia de riachos, zanjones y demás cursos de agua. Pero que incluso en el blanco del mapa invita a suponer dónde la casona pulpera se hallaría para entonces. ¿La casona tal como la conocemos hoy? No, se trató de la casa colonial, esa construcción austera, de techo a dos aguas, que hoy podemos adivinar desde la silueta que sus ladrillos han dejado en el salón delantero de la pulpería (¿todavía no vino a verla)?, y a la que seguía un extenso patio, también de ladrillos, hallado por debajo de otra capa más contemporánea. Ladrillos que, al ser estudiados en su composición, arrojaron la certeza de pertenecer a una construcción anterior a 1720. ¿Casi que contemporánea a la Buenos Aires del plano de Bermúdez, no es cierto? Ahora bien, ¿Qué Buenos Aires nos encontrábamos puertas afuera de la casa colonial de la calle Defensa en aquel siglo XVIII? Allá vamos…

Pico y pala

Corre el año 1712 y los jesuitas deciden iniciar la construcción de una iglesia acorde a las necesidades de Buenos Aires. Nada de materiales que derivasen en demoliciones y levantamiento de templos provisorios. La cosa tenía que ir en serio, y a ello puso manos el alemán Johann Kruss –españolizado Juan Kraus–, quien diseñó el plano de la Iglesia de San Ignacio Loyola, además de los del Colegio de la Residencia, anexo al templo (sí, sí, la Manzana de las Luces comenzaba a tomar forma). El tema es que, fallecido en 1714, la posta de Kraus fue tomada un cuarteto de jesuitas de origen europeo –entonces arquitectos en formación–, que mucho darían que hablar en la arquitectura porteña de aquel siglo XVIII: Juan Wolf, Juan Bautista Prímoli, Andrés Bianqui y Pedro Werger. De hecho, en 1711, un año antes de que Karus comenzara a diseñar San Ignacio, Biaqnui ya había puesto al hombro la reconstrucción del Cabildo, levantado a principios del siglo XVII y abandonada su refacción en 1632 por amenaza de derrumbe. Así que sí, el Cabildo de todas las enciclopedias y revistas, el de la histórica gesta de mayo, fue el de Bianqui –y hasta ahí, porque le han hecho de las suyas con el correr de los años (no olvide, una de sus rejas originales está en la puerta de la Pulpería), pero por ahora aquí nos quedamos–. Y si Bianqui fue el alma páter de su diseño, Prímoli fue el brazo ejecutor de este edificio dos plantas, con sus respectivas galerías, y coronado por una torre, elemento imprescindible. ¿Por qué? Porque con sus campanadas se convocaba a las sesiones comunes o extraordinarias. Listo en 1751, el caso es que San Ignacio le ganó de mano. Y cómo…

No hay cinco sin seis

La habilitación del templo de San Ignacio llegó en 1734. Y sus muros serían, desde entonces, albergue y testigos de unos cuantos hitos porteños: desde la defensa de la ciudad durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, hasta cumplir la función de Catedral interina. Es más, San Ignacio Loyola es en verdad el templo más antiguo de Buenos Aires. Porque sí, la trilogía Fuerte-Cabildo-Catedral era la indispensable para que una ciudad colonial fuese considerada tal, pero lo cierto es que la construcción de la primitiva catedral –la que suponía ser entonces el primer templo– resultó ser tan precaria que cayó demolida no solo en su primer intento sino cinco veces. Por lo que en 1862 se inició la reconstrucción que se supuso definitiva: una planta de tres naves cubierta con techo de tejas, además de dos campanarios por los que la calle Rivadavia se llamó calle de las Torres. Fue concluida en 1727 por Bianqui y Prímoli, pero no va que se derrumba todo a mediados de siglo. Bah, todo menos las torres y el pórtico. ¿Sería entonces la sexta, la vencida? Obra del saboyano Antonio Masella, quien finalmente demuele el pórtico de Bianqui, lo fue. Pero eso sí, con un pequeño detalle: pasó casi medio siglo sin fachada, tapiada. Claro que para mediados de siglo XIX, cuando se culminó, Buenos Aires ya comenzaba a despuntar ínfulas parisinas. ¿Vio que parecida quedó la Catedral al Palacio Bourbon de París? Nada de puras coincidencias…

Por la puerta de atrás

¿Y mientras tanto la casona pulpera? Al menos hasta principios del 1800, sí que se la bancó de pie la casa colonial, viendo de cerca la flamante apertura de San Ignacio Loyola, mientras la Catedral no podía con su vida. Pero volvamos a los jesuitas, que antes del cambio de siglo y que nuestra casita se encaminara a ser casona de notables, quedaría un suceso más. ¿Imagina? La expulsión jesuita. Menudo temblor se avecinaba. Le digo más, dicen que dicen, el último reducto en que permanecieron encerrados antes de ser expulsados de Buenos Aires fue el actual Museo Penitenciario, sobre la calle Humberto I, entre Defensa y Balcarce. ¡Frente a la casa de la pulpera Martina de Céspedes! Y ahí nomás de la casa colonial de la Pulpe, que aún resistía. Desde aquel 1767 todos los bienes de los jesuitas quedaron bajo administración de la Corona, quien los dispone para el ahora llamado Real Colegio. Incluso, la chacra situada en el las afueras de la ciudad, al oeste. Aquella que desde entonces empezaría a llamarse, en diminutivo, “Chacarita” y  “de los colegiales”, por destinarse al uso de los alumnos durante sus vacaciones. He ahí el nombre de dos futuros barrios porteños: Chacarita y Colegiales. Y si de barrios hablamos, algunas décadas antes, en 1734, el Cabildo dispuso organizar la ciudad en ocho cuarteles o barrios, en lo que fue la primera división administrativa del municipio. Tenían tres cuadras cada uno y se organizaban por igual número de vecinos, a los que se llamó entonces “comisarios”. Ya ve, al menos de pico, todos andaban con la gorra puesta.

Como por un tubo

Nos vamos entonces al 1776, Buenos Aires capital del Virreinato. Sí, a la Reina del Plata le llegaba el turno del estrellato, y del crecimiento vertiginoso (¿cuánto más aguantaría la casa colonial, con tanta modestia a cuestas, tanta estrechez en su superficie?). Apenas dos años después se aprobó el Reglamento de Libre Comercio, y ahí sí que nos fuimos para arriba. El comercio directo con las metrópolis hizo que la Aduana viera agigantar sus arcas, al tiempo que la emigración española se vio favorecida en plan de negocios. Surge entonces una clase mercantil porteña, un aumento progresivo de la población y por tanto de las viviendas en cantidad y calidad –chau techos de paja, hola tejas–, a la par que los ingresos de los habitantes. Y sí, los llamados “notables” vienen silbando bajito por la calle Defensa para empezar a escribir su propia historia en nuestros queridos lares pulperos, pero esa ya es otra historia. O mejor dicho, un “continuará”.

Así que ya sabe. Quien avisa, no traiciona. Sáquese el calzado, descanse. Hágase un alto en la Pulpería Argentina, que en esta recorrida por la Buenos Aires que acompañó a la casona pulpera, aún queda mucho por patear.