Música en las pulperías, dando la nota

FOTOTECA

Sonido ambiente de las pulperías, la música forma parte del ADN pulpero. ¿O las pulperías del de nuestro folclore? Pase y descubra.

Recreo popular, crisol de personajes de aquí y de allá, encuentros que eran pura camaradería, y otros en la cosa se ponía más bien fulera… Chismes, noticias que corrían de boca en boca; codos empinados, juegos, apuestas. ¡Que no sabemos a estas alturas a cerca de las pulperías y su maravilloso universo! Y qué de todo lo dicho puede suceder si no es música de por medio. Porque sí, la música siempre ha estado presente en las pulperías. Allá por los verdes llanos, comenzaba con el chasquido casi rítmico de las espuelas que los jinetes portaban en sus tobillos, y seguía, cómo no, con los acordes de una guitarra desvencijada a la que, fueran sus cuerdas de alambre o las llamadas “tripa de gato” –en verdad eran de oveja o cordero–, bienvenidas eran las tiras de cuero para reemplazar cualquier avería. Era entonces que aparecían ellos, los payadores, para con su santa paciencia templar a esta curvilínea dama hasta, por fin, arrancarle algunas dignas notas. Estará pensando entonces que el resto es historia conocida –y hasta por nosotr@s compartida–: el canto improvisado, la poesía a viva voz, el contrapunto. Pero vea usted, es ésta una breve introducción, acaso los primeros sonidos, de cuánto la música en las pulperías, cual himno del día a día, habría de entonar.

Bombacha escocesa

Erase una vez un gaucho escocés. Sí, así como lo lee. Político, escritor, y –habida cuenta de sus ínfulas gauchescas– indiscutido aventurero, Robert Bontine Cunninghame Graham será no solamente recordado por haber sido el primer diputado socialista del Parlamento de Reino Unido. Pues resulta que pasó buena parte de su juventud en las pampas argentinas, donde no solo aprendió las costumbres del gaucho sino sus destrezas. De allí que su obra literaria haya sido atravesada por esta experiencia. ¿Imagina a don Graham en una escena como la antes descrita? Típica de la segunda mitad de siglo XIX, ya fuese en la campaña –el gran territorio rural y semi rural que rodeaba a la ciudad en los siglos XVIII y XIX– o en la vasta pampa que se extendías hacia el interior del país, es precisamente una escena inspirada en un texto que el propio Graham escribió allá por 1870. Porque sí, los viajeros y su testimonio han brindado lo suyo a construir el rompecabezas de cuanto nos antecedió. Ahora bien, ¿por qué la guitarra era el instrumento musical por excelencia de las pulperías? Porque era muy fácil de transportar. Siempre estaba ahí, a mano, para que algún guitarrero hiciera música a los oídos de los parroquianos presentes. ¿Será que el gaucho Robert se le animó alguna vez?

Dale cuerda…

La presencia de la guitarra en las pulperías –vale decir que su portabilidad también la hizo un instrumento gaucho–, hizo al fin que la música a ella asociada fuera lo popular que las propias pulperías. De hecho, mientras las clases acomodadas bailaban en sus casas música europea ejecutada en piano o arpa (cante pri quien alguna vez bailó el minué en un acto escolar de la escuela primaria), por los lares pulperos no había más reina que la viola. Y como allí pasaba todo, lo suyo no era andarse con medias tintas: decidora, no tenía ella pudores en acompañar cantos políticos, románticos… Lo mismo daba que tan ducho era su ejecutor de turno. La guitarra musicalizaba, sí, pero acompañaba cuanto quería decirse versadamente. Del mismo modo en que los bailes que de sus cuerdas nacían -¡si hasta alguna que otra pulpería llegó a contar con pista y todo!– Veamos… De los coreográficos, gatos y cielitos. Mientras que solamente musicales, pero no por ello sin dejar de invitar a la danza: vidalas –más comúnmente acompañadas por bombo–, estilos y cifras. El estilo, un canto guitarreado –o también solo–, ciertamente nostálgico. La cifra, “el” género de l@s payador@s (ojo que también las hay y hubo mujeres, ¿eh?), en tanto se trata del melodioso acompañamiento a un canto improvisado. ¿Alguno más dando vueltas? Claro que sí, la milonga. ¿Suena raro? Ni tanto. Aunque del increíble vínculo entre la milonga y la payada ya le hemos contado.

La bailanta pulpera

Así la historia, de cielitos, gatos, cifras y demás iba la cuestión musical en las pulperías. Y todo, todito en vivo. Nada de LP ni cosa que se le parezca. Pulpero y parroquianos animaban el ambiente haciendo circular la guitarra, y de ahí a que se armara el bailongo, había un pasito nomás. El bailongo o la bailanta. ¿Qué si nos confundimos de género? No, bailanta se ha dicho. Oriundo de los pagos correntinos y su payé, este término nació para referir a los bailes populares de música litoraleña –léase, chamamé–, extendiéndose también a los reductos en que tomaban sitio. Y es aquí que la migración mete la cola, pues los movimientos internos de fines de siglo XIX y principios del XX, en dirección hacia los grandes centros urbanos, hizo que trabajadores rurales llegaran a la gran ciudad con sus formas y maneras, sus costumbres y su música folclórica. La bailanta desembocaba entonces en la París de Sudamerica, y con su rótulo de “popular” encontró vía libre en las pulperías. Con el correr de los años, la bailanta se procuraría sus propios espacios. Muy especialmente considerando que las pulperías de la ciudad de Buenos Aires llegaron a fines del siglo XVIII con la lengua afuera, al borde de la extinción.

¿Pata, pata? ¡Pala, pala!

Y si de folclore argentino hablamos, también habría un lugarcito para el pulpero. ¡Con danza propia y todo, eh! Se trata nada menos que del pala pala, una danza santiagueña de pura cepa, originaria de las costas del río Salado, pagos de la nación quichua. Fue don Andrés Chazarreta –músico argentino y gran difusor de la música folclórica nacional– quien recogió esta tradición y la leyenda que trae bajo su brazo: la de un buitre negro andino, el pala pala en quichua, que instaló una pulpería y celebró un baile en honor a su enamorada: el ave zancuda o chuña. ¿Y quiénes estaban en la orquesta? El sapo o ampatu bombisto, la lagartija o ututu guitarrero y la tortuga o walu flautista. ¡Guarda con el zapateo del chingolo o ikaki! Por si acaso, oficiando del anfitriones, entre los invitados, la iguana colorada o qaram puka y el ordo o wiñi. Completito, completito. Así que aquí le avisamos, en cuanto suene el palapala pulpero, palapala pulpero, a mover los pies pa’ conquistar al chuña soltero. Es entonces que, frente a frente, las parejas empiezan a bailar, a paso saltado, y poncho sobre las espaldas, en movimiento, para simular los saltos y las alas del cuervo. Publicada por Chazarreta en 1923, en su tercer álbum musical, el pala pala pulpero no sabemos si sonó en las pulperías… ¡pero qué oda al pulpero!

Engolosinadas

¿Una última perlita más para este pentagrama? Claro que sí. Porque si de recopilar cantos que mayormente han subsistido por transmisión oral va la cosa –por cierto, de las formas más populares y auténticas que hay–, nuestras queridas pulperías parecen haberse guardado un hit más. A inicios de los años ’80, en las provincias Tucumán, Salta, Jujuy y Catamarca, las pulperías de la campaña vendían caramelos que venían acompañados con papelito enrollado. ¿Se trataba de una adivinanza, un chiste tal vez? ¿O una predicción a futuro como las de nuestra balanza de la suerte? Nada de eso, se trataba una copla. Versos que, a bordo de la dulzura en que se enrollaban, desde Buenos Aires, buscaban abrirse camino. Así que sí, punto para las pulperías y su participación en la difusión de cantares populares en el norte del país.

Como verá, la historia de la música en las pulperías, e incluso su relación entre ellas, por encima de la que en estas últimas ha sonado, es tan larga y ancha como la misma Argentina. Y de seguir agrandando su superficie es que va nuestro propósito. Por lo que, a caballo de la música, la Pulpería Argentina sigue dando la nota.