¿De qué hablamos cuando hablamos de milongas? Entre nos, dícese de salón donde se baila, practica y aprende el tango con un ambientazo de aquellos. O… ritmo musical rioplatense emparentado con el tango aunque más rapidito, cómo no. Pero ¿si le decimos que las milongas son cosa de negros? Y, para más, ¿que han estado emparentadas, más que con el tango, con las payadas? Tomá mate… Eso sí, habida cuenta del contexto, si los verdes salen con unos criollitos, mucho mejor. Empezamos…
Desatada
Porque primero lo primero, estamos de acuerdo en que la payada es la poesía espontánea de los paisanos rioplatenses (¡y ojo que paisanas no se quedaron atrás!). Algo así como el alma en los labios por expresión innata. No se escribe; se siente. No conoce de academicismos sino de libertad e ingenio, y es hija de una inspiración ajena a erudiciones. Pues, desde su nacimiento, lo suyo fue responder a la intuición del analfabeto por sobre a cualquier otro saber. Lo que se dice, oro en bruto: así, sin pulir, de la garganta, la tripa y el corazón a los aires; y allí se pierde, entregada al viento, al chispeo de los fuegos en torno a los que se coció. Porque los fogones de la campaña fueron su sitio predilecto, de allí que haya acabado por recitar el surgimiento y los vaivenes de los estados rioplatenses. Eso sí, nada de escribir… ¡dónde estaría su mística si no! Sazonada a más no poder, la payada era irónica, pasional –insultaba y/o amaba sin medias tintas ni sonrojos– y una patriota ejemplar. Pero por sobre todo, era oportuna. Oportuna y sincera. Con la tradición oral haciendo las veces de antología, se las ha ingeniado para escapar al enciclopedismo. Nómada, escurridiza, vagabunda; la payada no pudo evitar cambiarse las pilchas cuando el destino de turno así se lo pidió. He aquí el quid de la cuestión que nos convoca.
Toda una pueblada
Llevada por la fama de su propio virtuosismo, la sincera y sentida payada llegó al fin a los pueblos, y fue entonces cuando dejó de lado la vincha y el chiripá para calzarse las ropas del criollo. Aunque no se trató de mera cáscara… Su honradez resultaba algo tiernita para los mostradores pulperos, por lo que esa especie de ingenuidad o sinceridad brutal que tanto la había caracterizado en los fogones paisanos, pastoriles, acabó curtida en los fogones milicos y tugurios ciudadanos. Se hizo ¿mayor? Se hizo milonga. Sí, señor@s: la milonga es la payada pueblera. Un recitado de versos octosílabos matizados por intervenciones de guitarra; a la vez que un punteado característico de tres tonos llena los compases de espera entre una estrofa y otra, para que el recitador respire, resuelle. Comienzan, incluso, a aparecer cantos de improvisaciones conservadas en la memoria popular, ya no improvisadas en el momento. Y los seis versos tan característicos de la payada se ven reducidos a cuatro. Es entonces el surgimiento de una nueva criatura, diferenciada del payador de ley: el milonguero.
Milonguero a su milonga
Fue en la Banda Oriental que comenzaron a llamar milongas a las reuniones de aficionados a la payada, en los suburbios urbanos. Y de allí el apodo de sus habitués. Porque sí, el título de payador seguía siendo propiedad los genuinos improvisadores camperos, por quienes el respeto y la admiración se mantenían firmes como rulo de estatua. Y si de milonga devino el milonguero, en menos de lo que cantó el gallo es que milongas comenzaron a ser llamados los versos que componían los recitados. Polemista, orillera, la versada milonguera tenía personalidad propia. Y hasta hubo anónimos poetas cuyos cantos satíricos y alegres también fueron considerados milongas en tanto usaban tanto su métrica como su tonada. Sí, todo parecía caber bajo el paraguas milonguero. Tanto así que la forma verbal también estuvo al caer. ¿Milongueamos esta noche, parroquina@ amigo? Cuanto quería decir, reunirse en plan de bailar, cantar… Sí, nos vamos acercando a la acepción de milonga que primero imaginamos para estas líneas. Y si le ha parecido un largo recorrido hasta aquí, aún nos resta un bombazo más. La milonga habrá encontrado su génesis en la payada, pero en cuanto a nombre, se fue un poquito más lejos que a la campaña: su origen es africano-brasilero. Ni tan raro a juzgar por el origen de la palabra “tango”, ¿no es cierto? Veamos…
Mulonga, mulenga… ¡milonga!
Ocurre que la mayor población de negros importada al Brasil en tiempos de esclavitud fue angola, cuyo lenguaje desarrollado en la colonia se conoce como “bunda”. ¿Y adivine qué? “Milonga” es un término bunda. Significa “palabras”, “palabrerío”. Por lo que se ve, una forma plural de, según se dice, la palabra “mulonga”. Cierto es que este significado no ha podido ser revelado, pero también lo es que el vocablo “mulenga” –puede que una deformación de mulonga–, se utilizaba en los cantos de candombe clásico al otro lado del Río de La Plata (otro capítulo más de la historia musical a doble orilla, y si no, que lo diga La Cumparsita). El caso es que “mulenga” pudo anteceder a “milonga”. Sobre todo, si tenemos en cuenta que en Brasil suele llamarse milongas a los enredos, barullos y reuniones alegres por demás. ¿Era entonces el más barullero de la milonga, el más milonguero? Ya lo decía una vieja cuarteta de la región del Plata: Caballeros milongueros / la milonga está formada; / el que sea más milonguero / que se atreva y la deshaga. ¡Guapo había que ser! No, por favor, basta ya de introducir términos…
Cuestión de piel
Pero quedémonos de este lado de la orilla, donde la milonga era, por sobre todo, una reunión acordada. Y con fines no siempre muy limpitos, ¿eh? Ya lo dice la pluma de don José Hernández en su Martín Fierro: Yo he visto en esa milonga / muchos jefes con estancia / y piones en abundancia, / y majadas y rodeos. / he visto negocios feos… ¿Parece que el gaucho Fierro vio flor de enredo, no? Claro que, así como en suelo uruguayo, la música se hacía presente. Sigue el pobre y triste Martín: Supe una vez, por desgracia / que había un baile por allí, / y medio desesperao / a ver la milonga fui. ¿Imaginaba, acaso, que la milonga formaba parte del universo gauchesco de una de las obras máximas de la literatura nacional? La historia te da sorpresas, sí. Y aquí vamos con otra, porque la piel no la jugaba solo en términos etimológicos: en bailes y payadas, los negros descollaban. ¡Negro Gabino Ezeiza, viejo y querido! Si te recordaremos… De allí que, especialmente en los suburbios porteños y montevideanos, la palabra “milonguear” solía usarse en reemplazo de “cantar” o “payar”. Claro está, no se trata de lo mismo. A estas alturas, ya nos queda bien claro que se paya y milonguea cantando –o verseando con una tonada específica– pero que el canto no es payada ni milonga en sí mismo.
Ahora bien, la pregunta del millón es ¿cómo fue posible que “milonga” una voz de raíces africadas adoptada por el criollo brasilero haya venido a formar parte del glosario rioplatense? La península charrúa, frontera tripartita entre occidentales (léase, porteños), orientales (nuestros vecinos uruguayos) y brasileros es la explicación. Los fogones encendidos en su suelo avivaban tradiciones y maneras: músicas, objetos y, sobre todo, voces entraban en trueque para, en el caso de la milonga como tantos otros, gozar de la adopción popular y, cómo no, escribir su propia carta de ciudadanía. Esa por la que su origen se vio perdido en el tiempo, en los dichos y modos, en los usos y costumbres. En los recovecos de la historia. Por si acaso, este (no tan) breve ayuda memoria.