Calle Perú y avenida Belgrano, esquina noroeste. Un momento… Ya estuvimos aquí, metiendo pico y pala en la historia de tanta arquitectura porteña para desandar su camino, ¿no es cierto? Sí, señor@s. Que lo diga sino el Otto Wulff allí de pie, a quien hemos recorrido en estas líneas de pies a cabeza. Claro que esta vez la excavación va un poco más a lo profundo, hacia unos fondos invisibles. Nada de nada ha quedado en pie de la Casa de la virreina. Y acaso la imponencia del Otto Wulff nos haya hecho olvidar que algo más, tan imponente para su época como el artonouveano Wulff lo fue para la propia, alguna vez estuvo ahí, haciendo historia –o presente– en idéntica coordenada. Y aquí queremos recordarlo.
A todo trapo
En un primer momento fue “La Casa de la Virreina Viuda”. Pues Rafaela de Vera y Mujica, ama y señora de tales lares, era nada menos que la viuda del teniente coronel Joaquín del Pino y Rojas. Dicho en criollo por la mismísima Guía Filcar (sepa disculpar las sotas que se le caen a esta pluma): Virrey del Pino. La calle del barrio de Belgrano, sí, pero para mayor precisión histórica, octavo virrey del Río de la Plata. ¿Vamos ubicando el siglo entonces? XVIII a la cabeza. La casa data, pues, de 1782, aunque su primer propietario fue doña Rafaela, sino un hombre que, aparentemente, nunca la habitó por haber terminado entre rejas. ¿Puede creerlo? Con tamaño lujo… Si es que aldeana aún, la Buenos Aires de por aquel entonces vaya si tenía construcciones que daban que hablar. Y como muestra, un botón: la casa de la virreina tenía ¿tres, cuatro, cinco ambientes? ¿Quién da más? Veinte. Así como lo lee, veinte ambientes, caballeriza y azotea. Lo que la convirtió en un verdadero mojón de la época. Sobre todo, si de entender e intentar reconstruir cómo vivía la aristocracia pre independencia se trata. O mejor dicho, pre primera mitad del siglo XX, período al que más suele asociarse el lujo y la opulencia arquitectónica dado el proyecto europeizador que recaía sobre Buenos Aires para entonces. Basta nomás con echarle una miradita al Teatro Colón, al Palacio del Congreso, al Palacio Paz y demás etcéteras. Pero… ¿de qué iba el lujo y el alarde por aquellos tiempos virreinales? Veamos…
Doble bastión
Después de su convicto primer propietario pasó a manos de Pedro Medrano, tesorero y secretario de la Gobernación del Río de la Plata. Palabras más, palabras menos, ningún fulano. Y fue precisamente don Pedro quien acabó vendiéndola al virrey. Que, vamos a decir, si bien no se dio a la fuga como Sobremonte, sí que tuvo un cargo fugaz: tras haber asumido en 1801, murió en 1804. Fue entonces cuando comenzó lo de “la casa de la virreina viuda”. Por cierto, treinta y dos años menor que su difunto marido. De modo que la viudez le cayó de forma tan prematura que su soledad llegó a superar una década. Y la casa de la virreina viuda no tardó en ser llamada entonces la casa de la virreina vieja. Que no se diga… ¿Le parece si nos quedamos con la casa de la virreina a secas? Bien, por ahí vamos. El caso es que la casa contaba con una azotea digna de captar miradas. Protegida por un petril o pequeño muro de mampostería calado, contaba en su remate con unos cuántos pináculos sobre la baranda. Casi casi una fortaleza civil y pitucona, en especial por lo resguardado muros adentro: tapices y alfombras de Persia, sillas y sillones de ébano… Pero también por oficiar literalmente de trinchera, pues la resistencia popular durante la Segunda Invasión Inglesa, allá por 1807, la convirtió en bastión. Y los espléndidos muros vieron entonces teñir su superficie de un carmín espeso y dulzón.
Güemes, viejo y peludo
Llegó a decirse que por los caños de la casa de la virreina corría sangre. Y así lo dejó grabado una pintora amiga de la casa. Sí, sí, Léonie Matthis. ¿Quién otra sino la pintora de la revolución? A bayonetazo limpio se dio el duelo en la azotea, acaso como si la lucha por la posesión de la casa fuese la lucha por la posesión de la ciudad misma. La arremetida fue durísima, pues enfrente estaba nada menos que el Regimiento Highlanders –una de las fuerzas militares más plantadas de aquel tiempo– disparando a troche y moche desde las calles. Al cabo la pregunta era, ¿cómo distraer a las fuerzas invasoras para que le aflojaran a los fusiles y permitiesen que el asunto se resolviera cuerpo a cuerpo en la azotea? Alguien irrumpió, así de guapo, en medio de la armada inglesa. A lo caudillo, a lo gaucho. ¿Le suena un tal Martín Miguel de Güemes? Seguramente sí. Aunque lo que puede, nunca haya pensado, es que también hizo de las suyas, y de las buenas, por Buenos Aires. Ocurre que formaba él parte del Regimiento Fixo de Buenos Aires, una fuerza encargada de la defensa del virreinato que, a diferencia de las temporales milicias de las que formó parte nuestro amigo y vecino Esteban de Luca, entre otros, era fijo. Con base en la Manzana de las Luces, fue en 1789 que pasó a tener tres batallones. Uno de ellos, el Regimiento Fixo de Infantería de Extremadura, procedente de Salta y el Alto Perú. Y fue a éste que con apenas catorce años ingresó el futuro caudillo salteño. Ocho años más tarde, ya oficiando de joven capitán, él mismo pediría el traslado de dicho batallón a Buenos Aires por causa del peligro ingles. Y menos mal que así lo hizo…
La heroica
La falsa puerta fue la clave. Un portal trasero por el que se accedía a los fondos y que a punto estaba de ser tomado las tropas de Highlanders cuando por allí apareció, cual furioso relámpago a caballo, Martín Miguel de Güemes. Lo hizo a contramano de los invasores, abriéndose paso entre la correntada enemiga; de frente contra unos soldados cuya primera reacción fue disparar, llegando incluso a herir su hombro derecho. Pero la determinación y el avance de Güemes obligó luego al retroceso, mientras por la calle San José, hoy Perú, una formación de su escuadrón fue su exilio para propiciar la retirada definitiva. Fue victoria en las calles, fue victoria en la azotea de la casa de la virreina. Y una treintena de cuerpos de soldados ingleses quedaron tendidos cual trapos al sol por aquellas alturas. ¿Y la virreina, mientras tanto? No se sabe, pero sí que tras aquella lucha se hizo la paz. Acabó la guerra, se hizo la paz. Y en literal sentido. Ya habiendo partido doña Rafaela, el edificio fue residencia obispal de la ciudad. Desde entonces, el pasamano no se detendría. Que sede de la institución que antecedió al Banco Central de Buenos Aires, que –¡cómo no por estos pagos!– casa de inquilinato… Lo cierto es que a la casa de la virreina le llegó el turno de la subasta, y el resto es ya historia conocida. Otto Wulff y Nicolás Mihanovich se hicieron de la propiedad. Eso sí, antes de la demolición, el arquitecto Morten Rönnow, tal como nosotr@s desde la palabra, metió pico o placa; metió cuidadosa mano. Y el relevamiento material dio sus hallazgos: once láminas de tinta y una acuarela de la casa de la virreina, donadas a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires en 1950.
Páginas y más páginas de la historia de una Buenos Aires infinita, esa que se niega a abandonar lo que es suyo: el derecho a su memoria. Desde aquí, en su nombre, mojamos nuestra pluma en el tintero.