Virreyes rioplatenses, hay equipo…

FOTOTECA

Once virreyes gobernaron el Río de la Plata, y sus nombres resuenan en calles porteñas. Pero… ¿quiénes fueron? Salga a la cancha con ellos.

¿Podríamos decir que a los virreyes del Río de la Plata les faltó cinco para el peso? O una corona para alcanzar la docena… Pues un revolucionado mayo de 1810 los dejó sin aliento, sin hinchada, sin su jugador número doce. Pero al menos, hubo equipo. Y así salen a la cancha, con su traza asfaltada y sus arboledas a uno y otro lado para disputar el día a día, la rutina de los transeúntes y conductores que van y vienen. Y aunque algunos han gozado de más fama que otros (ya sea por meter un gol de media cancha o por quedar en or-sai –que lo diga Sobremonte–), allí están ellos, rotulando las calles porteñas, metiéndose en nuestra boca a la hora de decir por dónde agarrar para llegar acá o allá; viendo como sus nombres se borronean ya en alguna vieja y querida Filcar. Pero… ¿quiénes fueron y qué hicieron cada uno de los virreyes del Río de la Plata? Aquí, una repasada por el once con que una virreinal  Buenos Aires jugó su propia historia.

Habemus virreinato

Virrey, gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata. Menudo título con que se despachó Don Pedro de Cevallos, primer virrey de la institución creada por Carlos III en 1776: el famoso virreinato del Río de la Plata. Porque hasta entonces la cosa iba de gobernaciones y capitanías (de hecho, Cevallos había sido gobernador y capitán desde 1756), pero en pos de frenar el avance de potencias extranjeras –esas que, de tanto en tanto, mostraban los colmillos si del estratégico estuario del Plata se trataba–, el asunto requería una administración más sólida. Así fue como Cevallos crea la aduana de Buenos Aires, y a posterior decide abrir su puerto para el comercio libre. Sin embargo, la alegría le duró poco al capi y ataja peligros del equipo: estiró la pata en 1777, dejando su corona al virrey Juan José Vértiz (pasamos de Monserrat a Belgrano en un abrir y cerrar de ojos; así da gusto transitar por Buenos Aires…) ¿Que si a Vértiz le pesó la sucesión? Mejor  prepárese para alentar, que ya verá las jugadas con las que se despachó este muchachote. Doble mano, parque Barrancas de Belgrano abajo, lo suyo fue más bien un virreinato que se iba para arriba.

¿Virrey de virreyes?

El caso es que Vértiz no se anduvo con chiquitas. A saber: fundó la casa de los Niños Expósitos (sí, sí, esa que habría de convertirse en imprenta), un hospicio para mendigos y un hospital para mujeres. Y hablando de Roma, instauró también el protomedicato, para que nadie ejerciese la medicina sin autorización. ¿Qué si el humor también hace a la salud? Se ve que sí. Porque haciendo oídos sordos a la pacatería porteña, Vértiz abre el primer teatro estable de la ciudad: la Casa de las Comedias o el también llamado Teatro de la Ranchería. ¿Le suena? ¡Pero cómo no! Si fue el antecesor del gran Coliseo Provisional… Por cierto, cuartel inglés durante las invasiones de 1806; pero esa es historia de otro virrey. Por lo pronto, Vértiz seguía con la mira puesta en el esparcimiento, por lo que creó el primer paseo público de Buenos Aires. Dígalo, nomás: el Paseo de la Alameda, aquel que antecedería al Paseo de Julio. Y si de patear va la cosa, resulta que hizo empedrar la calle Florida y promovió el alumbrado con faroles de aceite en varias calles porteñas, lo que le hizo valer el mote de “virrey de las luminarias”. Eso sí, que lo luminoso lo quite lo severo, pues metió mano –y discurso– duro contra la vagancia: “que todos los vagabundos y personas que no vivan de su trabajo ni tienen oficio ni señor, salgan de esta ciudad dentro del tercer día, y si pasado ese término, se les aprehendiese, se les castigará con cuatro años de destierro en las Islas Malvinas”. Sí, porque en ese momento eran políticamente “rioplatenses”: la ocupación inglesa ocurrió recién en 1833.

Tomala vos, damela a mí

¿Será que tanta luz irradiada por Vértiz intimó a los virreyes sucesores? A éste le siguió Nicolás del Campo. Y si no le suena, tranquil@, que fue más conocido como el marqués de Loreto. ¡Virrey Loreto, ahora sí! Un gusto, la callecita paqueta de Belgrano R que cruza avenida Forest, sigamos… El caso es que el marqués fue un hombre ilustrado si los hubo, pero sin experiencia administrativa. Así que más que nada se dedicó a seguir el librito de Vértiz, sin demasiada pena ni gloria. En 1789 fue el turno del virrey Nicolás Arredondo (una paralela al virrey Loreto), quien además de continuar con el empedrado de Buenos Aires creó consejos vecinales, cuerpos de policías e instaló el Consulado Real: una suerte de tribunal comercial a fines de evitar el contrabando –contate otra…– y prácticas ilegales. Sin embargo, en 1795 se mandó  a mudar, dejando el cargo por voluntad propia. Y fue Pedro Melo de Portugal quien tomó la posta (metemos volantazo brusco en dirección al barrio de Vélez Sarsfield), aunque por un virreinado tan corto como la calle que lo recuerda. Su imprevista muerte a los dos años de asumir dejaba nuevamente vacante el trono de virreyes. Y casi que de un chiflido cruzó el charco Antonio Olaguer Feliú, hasta el momento, gobernador de Montevideo, para sacar las papas del fuego. Muy especialmente, teniendo en cuenta que Portugal y Gran Bretaña ya habían empezado a merodear la zona, mirando el río de La Plata con cariño y codicia. Pero las orillas eran lo suyo. Y definitivamente lo serían: aunque sin río de por medio, el borde entre Colegiales y Belgrano.

En boca cerrada…

¿Qué tal las cuentas? Vamos por el sexto virrey ¿Y la alineación? Cevallos; Vértiz, Loreto, Arredondo, Melo, Olaguer Feliú. ¿Línea de cinco? Es que el virreinato andaba muy a la defensiva. Tal es así que a Olaguer Feliú lo sucedió Gabriel de Avilés, un catalán con un buen bagaje militar en Perú (y otro más de la troupe “belgranera” en las hojas de la Filcar). Porque no solo estaba al caer la avanzada inglesa, sino la chispa que había encendido la Revolución Francesa finalizada el mismo año en que asume Avilés: 1799. Para colmo, tuvo que vérselas también con los medios. Porque Buenos Aires, capital virreinal, no era una ciudad callada, y no precisamente por el trajín propio de su condición. Foco intelectual y periodístico, publica al mundo las primeras crónicas de la gran aldea. Y el nuevo siglo vendría con un periódico bajo el brazo. Rural, político-económico e historiográfico del Río de la Plata… Sí, señor@s, el Telégrafo Mercantil, realizado precisamente en la imprenta de los Niños Expósito. Y aunque intensa, corta fue su vida, porque sus críticas de corte político no cayeron para nada bien en los mandamases. Por lo que el Virrey del Pino (sí, ésta nos suena a tod@s, porque larga como ninguna de sus antecesoras, esta calle atraviesa Belgrano y Colegiales), sucesor de Avilés, acaba por censurarlo. Claro que quedaban otras hojas parlantes, como las del Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, de don Juan Hipólito Vieytes. Y ya que estamos acercándonos al 1810, ¿nos vemos en la jabonería? No en vano, otra de las medidas de Joaquín del Pino –así llamado–, fue controlar la entrada de extranjeros sospechosos de alentar ideas independentistas…

De diez

¿Qué si al virrey del Pino le tocó bailar con la más fea? Ni tanto, pues murió en 1804, dos años antes de que se consumara la primera invasión inglesa. Por lo que bien podemos cerrar la línea media del equipo con esta especie de doble cinco que fue la dupla Avilés-del Pino. Eso sí, el próximo nombre seguro que lo conoce, pues estamos ante un gambeteador de aquellos: Rafael de Sobremonte. Mire que hizo de las suyas, esquivando cuanta bala y responsabilidad pudo. Y cuando el asunto se puso cuesta arriba, se dio a la fuga (por si acaso, la avenida Sobremonte se encuentra fuera de la Ciudad de Buenos Aires, en San Fernando. Más precisamente, en Virreyes –cuac–). Pero vamos a darle la derecha en alguna… Sobremonte fue el virrey que inauguró el Coliseo Provisional, e hizo empedrar el camino que iba del fuerte (actual Casa Rosada) hasta el arco central de la Recova: primera galería comercial de Buenos Aires que atravesaba la actual Plaza de Mayo de oeste a este, dividiéndola en dos. ¿Alguna cosita más? No mucho. Buenos Aires carecía aún de árboles y no tenía un puerto a la altura (vaya si nos costaría tener uno… ¡te queremos, Huergo!). Lo demás, es historia conocida en lo que a este fugitivo refiere. Santiago de Liniers se puso la diez durante las Invasiones Inglesas, y en literal sentido: se convirtió, luego de la victoria, en el décimo virrey. Aunque para este capítulo de virreyes, quedaba un último jugador: Baltasar Hidalgo de Cisneros.

La pregunta es, ¿por qué después de los laureles obtenidos tras hacer “la heroica” frente a los ingleses, Santiago de Liniers fue depuesto? Dicen que dicen, su origen francés fue motivo de desconfianza de parte de la Corona española cuando la Junta de Sevilla cayó en manos, nada menos, que de Napoleón Bonaparte, su compatriota. Y fue incluso acusado por el intento de levantar una resistencia contra la organización de la Primera Junta, lo que le castó la captura y posterior fusilamiento. Así la historia, pasó de héroe a villano en un tris. ¿Y Cisneros? Su virreinado, tan breve como el estrecho pasaje al que da nombre en Villa General Mitre, fue de 1809 a 1810. Entonces sí, la Revolución fue al fin un hecho, y la historia habría de cambiar para siempre, sin tiempo suplementario a la vista.