Shimmy Club, fiebre del sótano por la noche

FOTOTECA

Enclave candombero de la población afro descendiente, el Shimmy club fue baile, sudor, alegría y comunidad en tiempos de invisibilidad.

¿En qué pensamos cuando pensamos en la población negra de Buenos Aires? Sí, un aroma a Buenos Aires colonial se huele ya en el aire. Pero lo cierto es que más allá de la típica imagen de los vendedores ambulantes y las lavanderas, l@s afro descendientes han sabido extender su raigambre en el tiempo. Lo han hecho transgrediendo la vara del la primera mitad del siglo XIX, aquella tras la que l@s ha colocado el decir de la historia. Así que aquí venimos a contar otra: esa que derriba el mito del país “blanco”, asentado con la oleada de inmigrantes europeos de fines de 1800’s, y que, vaya paralelismo, se ha mantenido tan bajo tierra como el sótano en que ha vivido sus más inolvidable noches: ¡sean bienvenid@s al Shimmy Club!

Por ocho noches locas…

¿El corso de la Avenida de Mayo? ¿Las queridas murgas barriales? Pues resulta que el carnaval porteño también conoció otros festejos, y de los buenos. ¿Ubicación? Calle Rodríguez Peña 254, entre Sarmiento y Juan Domingo Perón. Allí estaba de pie la Casa Suiza, una sociedad filantrópica que, duplicando la apuesta de Alberto Castillo y su famosísimo tango, alquilaba su sótano a la comunidad afroporteña “por ocho noches locas” al año. Con los organizadores Alfredo y Pocho Núñez, junto a Haydeé San Martín, a la cabeza, ocho eran los bailes de carnaval que se extendían más allá de febrero. Porque además de los sucedidos durante el fin de semana de carnaval propiamente dicho, se organizaban algunos más durante el año, completando el octeto. Así la cosa, mientras en la planta baja tocaban orquestas de jazz, tango o música tropical, escaleras abajo la noche se sucedía meta tambor, dando vida a un espectáculo que rozaba lo ritual. Es que en el sótano de la Casa Suiza, el Shimmy Club era mucho más que un baile con música en vivo. Era la llama inextinguible de la cultura negra, su modo de permanecer encendida y de transmitir su calor, su luz, a las generaciones más jóvenes. Lo que se dice, un espacio de diversión, sí, pero de construcción colectiva en tiempos en que la intelectualidad la daba ya por desvanecida. Porque l@s blanc@s eran mayoría, per@ aunque dispersos, l@s negros también decían presente en la París de Sudamérica. Y el Shimmy Club supo ser el espacio en que las grandes distancias urbanas se salvaban: de más allá o más acá, la población negra se aunaba allí ratificando su presencia, a la vez que reforzando sus lazos familiares y comunitarios.

Junt@s, pero no revueltos

Cada música en su lugar, ¿no es cierto? Hemos dicho. Sin embargo, el sótano que vibraba al ritmo del Shimmy Club era también el espacio en que se vendían las comidas y bebidas, por lo que cualquier tipo de consumición implicaba ir escaleras abajo. Y he ahí el quid de la cuestión: aunque muchas familias de la planta baja no permitían bajar a sus hijos –y especialmente hijas– al sótano, más de un@ que bajaba en busca de alguna copa no volvió a subir… Contagiosa es la alegría, dicen, pero sobre todo, el fervor.  ¡Así que guarda con el resbalón! Que el piso está mojado. Y ni crea que recién lavado, o sucio de alguna bebida volcada. ¡Es sudor, parroquian@, sudor! Que ni un alfiler cabe en la pista central. Y nada de sentarse en cualquier mesa, que cada familia tiene la suya. Y si ésta estaba medio lejos de la pista, no quedaba otra que subirse a las sillas o a las mismas mesas para ver. Porque ver a los tamboreros hacer de las suyas sí que era flor de espectáculo.

¡Afuera los chongos!

Tumbadoras, timabaletas, bongós; uno, dos, tres…siete, ocho, como ocho eran las noches. Y negr@s y blanc@s. Y negr@s con negr@s, y blanc@s con blanc@s, y negr@s con blanc@s. A pura rumba y candombe, descalz@s. Hasta que dieran las seis o siete de la mañana. Pero, ojito, que cada quien tenía su turno. Y cuando llegaba el turno de l@s viej@s negr@s, pasaditas las doce de la noche, blanc@s o “chongos” –como se les decía– afuera… Recién ahí saltaban a la pista l@s jóvenes, “hij@s de” o “niet@s de”… y después de todo ello es que los chongos podían entonces asomar sus narices. Justito para el final, porque la Casa Suiza cerraba sus puertas a las dos o tres de la mañana. Pero el Shimmy Club continuaba puertas afuera, hasta el amanecer: l@s negr@s salían en desfile por la avenida Corrientes, tocando los tambores en dirección al río, y no había quien l@s parase. ¿Algún desmadre? Al menos puertas adentro de la Casa Suiza, la cosa era bien sanita, como dirían las abuelas. De hecho, la presencia de niñ@s era un certificado de diversión pacífica, algo que mucho necesitaban los afro descendientes, moralmente cuestionados por la sociedad blanca. Incluso, más de un/a niñ@ afro nació de las historias de amor que se cocinaban el Shimmy Club, reforzando el linaje a más no poder.

Poseíd@s

¡Y espere que no le contamos del santo! Más no precisamente del tipo de santo en que está pensando, sino de esa suerte de estado de trance en que quedaban l@s negr@s de tanto baile. Porque cuando el cuerpo ya parecía moverse solo, sin siquiera saber qué estaba haciendo, se decía, a es@ negr@ le había agarrado el santo: cien por ciento compenetración, cero por ciento razón. En resumen, cuerpos totalmente poseídos por la danza, al punto de bailar a ojos cerrados. ¿Y mire que hay que mantener la vertical, eh?  ¿Sería de verdad cosa de espíritus? Sin embargo, otra duda es que tal vez aquí más nos convoque. Porque si todo iba sobre ruedas, ¿cómo es que el Shimmy Club llegó a su fin? Parece que tras muerte de don Alfredo Núñez, su organizador, las cosas ya no volvieron a ser iguales. Tanguero de ley, respetado por sus pares bailarines, tanto blancos como negros, este maestro de ceremonias e histórico presentador del Shimmy Club, se llevó consigo todo su prestigio. Y aunque su hijo intentó tomar la batuta, no logró mantener el respeto ni el reconocimiento que su padre.  Para colmo, diferentes referentes también partieron y, con ello, la asistencia mermó. El ambiente se había enrarecido, al punto que ya no era aquel sitio para chic@s. Valió el intento de trasladar el Shimmy Club a otro lado, pero a “la Suiza” no había con qué darle… Por lo que los tan esperados y convocantes bailes no tardaron en convertirse en bailes comunes, como tantos otros que había en la ciudad.

Certezas se buscan acerca de cuándo fue exactamente el último baile. Algunas voces testimoniales hablan de fines de los años ’70. Pero aún quedaba una yapa. ¿Una noche de despedida? Más bien, un último intento de reivindicación. Y esta vez, ya no escaleras abajo, sino sobre la vereda, de la mano de organizaciones afro argentinas. El propósito era, allá por el 2012, evitar la demolición del predio por parte de sus nuevos dueños. Y aunque el intento demoró el asunto, la Casa Suiza fue finalmente demolida en 2015. Más como un corazón latiente, en la misma profundidad en la que el Shimmy Club tuvo vida, la memoria pulsa. Aún pulsa. O tal vez impulsa: a estas líneas aquí compartidas; a la historia que así procuramos mantener a flote, en superficie.