Pulpería lo de Longo, el arriero va…

FOTOTECA

Porque el arriero, pulpería quiso, la pulpería lo de Longo es un alto en los caminos de Carmen de Areco. Pase y desencille.

Que si en los pagos bonaerenses, Areco es sinónimo de gaucho –y bien se lo ha ganado a favor de la pluma del gran Güiraldes–, sin ínfulas de hacerle sombra a don Segundo, el abuelo Longo va a la carga por su protagonismo sobre los versos de Yupanqui: y animando la tropa, dale que dale / el arriero va / el arriero va. ¿Por cuántos años fue don Longo, meta arreo por los campos y caminos de su querida tierra de Areco? Hasta que el lomo –esta vez, el suyo– se lo permitió. Solo que cuando ya no pudo más, lejos estuvo de entregarse al descanso: lo suyo fue volver a comenzar. Retirado del mando del ganado, jubilado de la tarea de toda su vida, decidió abrir un boliche. Y qué boliche… Parroquianas, parroquianos, bienvenid@s a la pulpería lo de Longo.

El pueblo quiere saber de qué se trata

¿Coordenadas? Comandante Areco y Manuel Martínez, localidad de Gouin, partido de Carmen de Areco. Sí, justo en el cruce de caminos, en la esquina, como la historia manda si de pulperías se trata (o buena parte de ellas). Y la pulpería lo de Longo sí que tiene la suya. ¿Estamos hablando de un boliche centenario? Ni tanto, fundada el 25 de mayo de 1982 –como verá, con la escarapela puesta desde la cuna– la pulpería lo de Longo ni ha llegado en el 2026 ni a los cincuenta años. Y he allí quizá, su mayor valor. Porque esta purreta en materia pulpera no precisó ver pasar lo siglos por sus baldosas para ser un arcón de todo cuanto, tradición obliga, se resiste a partir. Y que como nadie allí, Joaquín Longo, nieto del inolvidable arriero de Areco, a cargo hoy de la pulpería, se resiste a dejar ir. ¿De qué hablamos exactamente? De eso que tanto pregonamos también por los pagos de nuestra querida Pulpe: la mesa compartida, la charla, el descanso, el tiempo lento. Detenido en las telas de arañas que, intactas, tal como sus laboriosas artesanas las han tejido, cubren botellas, rejas, yunques y herraduras. Por lo que tal vez sepa mejor decir, tiempo materializado: hecho telaraña, polvo o todo aquello que bien podamos catalogar como desdén. Pero capaz de recordarnos un intento que siempre vale: hacer que éste nos pertenezca. Algo que en la pulpería lo de Longo, vaya si sucede.

¡Arre!

¿Cuántos abuelos Longo ha tenido nuestra historia? Muchos, muchísimos. Y tantos de ellos han precisado que una pulpería como la que el mismísimo Longo fundaría estuviera esperando en un punto del camino. Pues el arriero ha sido uno de los personajes fundamentales de la historia y el devenir de las pampas argentinas. Montados a caballo  o a pie arreaban el ganado en tiempos que no existían los camiones para su trasporte. Y lo cierto es que su nombre original no ha sido tal. Inicialmente llamados troperos (dícese del hombre que conduce una caravanas de carretas de un lugar a otro, ¿lo recuerda?), tomaron dicha denominación por extensión. Pues lo suyo era conducir “cabezas” por los caminos y rastrillas –surcos de los cascos de animales que hacían camino al andar y oficiaban de huella–. ¿Y cómo es que entonces llegamos a “arriero”? La palabra surge de “arreador”, una suerte de látigo criollo –no exactamente un rebenque, que era de uso más cotidiano, pero por ahí iba la cosa– que usaban los capataces para dirigir y organizar las tropas de animales y sus respectivos troperos al grito de ¡arre! De allí que el instrumento en cuestión se llamase arreador, que con él se arreara y que, quien lo hiciera, acabase por ser llamado así, arriero. Al fin, una cuestión puramente onomatopéyica.

El resero va

De largos días de caravana, de dormir bajo las estrellas y sin más catrera que el propio recado; de bancarse la lluvia, el frío o el punzante rayo de sol. De todo eso y más sabían los arrieros, quienes de ninguna manera salían al camino sin una varilla de hierro en la que colgar la carne para asar ni la pava colgando de la cincha. Por lo que el mate y la bombilla, una bolsa de yerba y algunas pilchas de recambio también eran de la partida. Aunque quizá, lo más importante era nunca dejar de portar consigo la calma, el temple taciturno que un trabajo tan monótono y cansador demandaba. El arriero iba al frente, liderando la tropilla no solo para marcar el camino sino para que ningún animal se adelantase, al tiempo que a ambos lados, nunca tan bien dicho, los laderos evitaban que alguno medio rebelde o remolón quisiera salirse del montón o quedase rezagado. Por si acaso, los de la retaguardia empujaban de atrás al conjunto. Y así la vida de estos nómadas pampeanos, de los cuales hubo quienes se caracterizaron específicamente por arrear ganado vacuno. Lo que se dice, reses. Esos fueron entonces los reseros. Ese también fue don Longo. ¿Será que don Atahualpa nos permite una pequeña intervención en su obra maestra?

De malones y fortines

Todo muy gaucho hasta aquí, pero ojo que por estos lados no solo los arrieros y reseros supieron de nomadismo. Los chanás, pobladores originarios de la zona conocida como el pago de Areco (los actuales Carmen y San Antonio), aunque vivían de la pesca en la costa del río, eran seminómadas. Y si le decimos que éstos han convivido con los arrieros y las pulperías en la misma línea de tiempo, no le estamos dando ninguna primicia. Más de una vez hemos contado, las pulperías eran los lugares donde los terratenientes reclutaban soldados para sus milicias. Es que en la campaña, la disputa por el territorio era cosa fulera. Allí aguardaban los fortines que pretendían defender el territorio conquistado de los malones a la vez que ir dando pasos de avanzada. Sin embargo, todo era un tira y afloje. Al cabo, los malones no representaban avances violentos sin más, sino que constituyeron un accionar estratégico, meditado. Incluso, en muchas ocasiones iban seguidos o antecedidos de tratados de paz, siendo ambos, casi, casi que las dos caras de una misma moneda: los malones, la instancia de conflicto; los tratados, la de negociación. Por lo que muchos malones se sucedían, por sobre todo nada, a fines de crear esa instancia de negociación.

¿Y a la mesa de la pulpería lo de Longo, qué negociamos? ¿Unas empanaditas? ¿Tal vez un fernet con soda de sifón de esos que tanto corren en los atardeceres de verano? Dicen que dicen, a las siete, siete y media de la tarde, en la pulpería lo de Longo la cosa se pone linda. Más que más, un lunes, cuando la gente del lugar se junta a contarse el fin de semana, lo que dejó la mesa familiar –con sus buenas y sus malas–, el fútbol nuestro de cada día o qué tal el primer día de trabajo. Declarado Lugar de interés Patrimonial, cultural e histórico en Carmen de Areco en 2024, parece que en lo de Longo el día a día sigue escribiendo historia. Pues es al fin, una forma de vivir. Así que ya lo sabe, ate el pingo en el rebenque, desencillle y viva la vida a lo bueno.