Supo ser el Camino Real, aquel que conectaba la inmensidad de las verdes pampas con la metrópoli porteña. Y aunque los años, ¡y los siglos!, hayan pasado, la hoy llamada avenida Dr. Alfredo Sabate (en homenaje a un historiador local) surca los bonaerenses pagos Navarro como un mojón de lo que supo a ficción. ¡Quién la ha visto y quién la ve! A la pulpería de Juan Moreira, o al ¿mítico?, ¿histórico?, hombre que le dio su popular bautizo. Porque como dicen, el que busca, encuentra, y en los lares pulperos que aquí nos convocan, Juan Moreira está más presente que nunca. O mejor dicho, tanto como siempre lo ha estado…
En tu fiero nombre
Si no fuese por la iglesia, la pulpería de Juan Moreira (pues aunque sin cartel que como tal la rotule, así la conocen tod@s) sería el edificio más antigua de la ciudad. A pasitos nomás del cementerio, se trata de una construcción de 1823. Imagine nomás, que sus muros se alzaron cuando ni una década llevaba cumplida la independencia… Y la organización nacional no fue moco de pavo. Por lo que sí, eran tiempos revueltos, convulsos, acaso tanto como el propio Juan Moreira lo fue. ¿Será que su alma también acabó siendo lo errante que su cuerpo? Por si acaso, en la pulpería que aún lo nombra, un pequeño santuario le ofrece cobijo, memoria. ¿Pero quién podría olvidar a semejante personaje? Domador, brabucón, pendenciero, cantor… Juan Moreira las tenía todas, para todos los gustos. Sí, lo sabemos, es un viejo conocido de la casa, de este blog, pero hoy se nos dio por meter las narices en la que fue como la suya. Claro, si es que su ser nómade –mitad por propia pretensión, mitad por persecución– nos permite tal arrojo. Podríamos decir que al menos lo intentó: afincarse, tener lo suyo. Poniendo morlaco sobre morlaco, en Navarro logró hacerse de una pequeña hacienda, a la vez que se casó con Vicenta Andrea Santillán, madre de sus tres hijos. Para entonces, ya había cumplido funciones militares para la Nación, tal como era común en los hombres mayores de edad. Y un dato no menor, gozaba de buena reputación en materia militar dado su destacado papel frente al “enemigo” indígena. ¿La vida le sonreía entonces a Juan Moreira? Casi, casi…
Espalda ancha
Llegaba el turno de una presencia decisiva en la vida de Moreira. Un tal Adolfo Alsina, ¿le suena? Sí, sí, el de la famosa zanja con que marcó la frontera indígena, durante sus funciones como Ministro de Guerra. Y si Juan Moreira se había destacado precisamente frente a los malones… Dos más dos son cuatro. Así fue como Alsina lo quiso de custodio. Menuda tarea la suya, siendo Alsina la figura más rimbombante del autonomismo. Por si las moscas, éste le regalaría casi que lo que se convirtió en un riñón de Moreira: su daga. ¿Se acuerda? Así que nada de guapezas, que si se queda en el molde, Moreira también hará lo propio. Pues él se medía nomás con los de su misma calaña, sin intención de vérselas con cualquier hijo de vecino o parroquiano que allí, acodado en la pulpería, empinara el codo calladito y sin chistar. Eso sí, para los que se le insinuasen, un mínimo además suyo ya cortaba el aire. ¡Después no diga que no le avisamos! Porque Moreira no solo cuidaba las espaldas de Alsina, sino que oficiaba de buen puntero. Y como ya sabe, en las pulperías todo pasaba… por lo que la política también estaba a la orden de mesas y estaños. Y en la pulpería de Juan Moreria, ni le digo.
Picando en punta
¿Julián Andrada o Andrade? La historia no se pone de acuerdo en lo que al ladero fiel de Juan Moreira respecta. Pero lo cierto es que, junto a Julián y otros muchachotes, Moreira se hacía presente en la pulpería y vaya si metía miedo. Pues cuando los medios masivos de comunicación eran cosa del futuro, contar con personajes que aseguraran los votos en cuerpo presente era fundamental para ganar una elección, más no fuera a punta de cuchillo. Porque entonces, nada de cuarto oscuro y urna. Los votantes se presentaban en el atrio de la iglesia, formaban fila, y voto cantado a los cuatro vientos, señor@s. Por lo que cuidadito con su elección ante la fulera mirada del puntero. Le digo más, si la ocasión lo amerita, mire que Moreira y compañía no van a dudar en armar tumulto y empezar a rebenquear… Claro que también estaban los de la otra vereda, y la pulpería de Olazo (donde actualmente se encuentra el Banco de la Nación Argentina) también hizo las veces de bunker. Eso sí, a juzgar por las idas y venidas de Juan Moreira, aclarar cuál fue la suya, oscurece. Y ya verá por qué se lo decimos.
Cambio de vereda
¿Puede un hincha de Boca volverse hincha de River o viceversa? La respuesta está de más, ¿no es cierto? Acaso tan cierto como que, en política, las ideologías y fidelidades son bastante más permeables. Por lo que Moreira pasó de ser “alsinista” a “mitrista”. Eso sí, dicen que dicen, dejar el autonomista bando del Alsina para cruzarse al nacionalista de Mitre no fue una cuestión ideológica. Parece ser que otro tipo de fidelidades habrían sido corrompidas: ¿el alcalde navarrense Juan de Córdoba andaba pretendiendo a doña Vicenta en ausencia de Moreira? ¡Que no se diga! Y como nuestro protagonista no se andaba con rodeos ni chiquitas, lo mató de 29 puñaladas en la pulpería de Antonio Crovetto. Así nomás. Total, su prontuario ya estaba manchado con el crimen del pulpero Sardetti ¿Lo recuerda? Desde aquel bisagra 1869 Moreira anduvo jugando al gato y al ratón: perseguido, amparado a veces por el vicepresidente Alsina o autoridades locales, y otras, haciendo de las suyas daga mediante. Pero la traición se paga, habrá pensado Moreira, porque resulta que el alcalde era el jefe local del partido de Alsina.
Puntada al puntero
De acuerdo a otra versión menos “chismosa” –y documentos constatan–, el juez de paz ordenó la construcción de una parroquia con 500 pesos fuertes provenientes de una multa cobrada a Juan Moreira. Y aunque no hay registros de los motivos de la multa, también se cree que pudo haber sido ésta el motivo de la muerte del alcalde. El hecho es que, por una razón u otra –por qué no ambas–, los alsinistas comenzaron a estar en la mira de Moreira. Y en 1874 mata en suelo nada menos que al puntero alsinista Leguizamón. Sí, en la pulpería Olazo. ¿Tal pudo ser el odio de la venganza? No se descarta tampoco, lo de Moreira con Alsina pudo haber sido una fidelidad circunstancial, pues sus primeros patrones de estancia en Navarro, de corte mitrista, habían sembrado en él una semilla nacionalista. Pero yendo a los hechos, lo cierto es que, gracias a Moreira y su para nada fino pero efectivo “trabajo”, Mitre gana las elecciones legislativas y presidenciales por afano. En Navarro fueron 323 votos a su favor contra 65 por Alsina. Exactamente un día después del mortal duelo con Leguizamón.
Trapo de la paz
Lo que resta ya es historia conocida: la emboscada de parte del comandante Francisco Bosch (por cierto, alsinista), el bayonetazo del sargento Chirino, la tapia en la que quedó inmortalizado…. Y es que con tanto por contar, la historia parece rendirse a sus pies. De hecho, la pulpería de Juan Moreira conserva aún la caña que cumplía la tradición del trapo blanco. Aquel que, pendiente en el umbral, anunciaba a la distancia que allí había una pulpería. Dicho en criollo, que allí había tabaco y alcohol ¿Se acuerda que, alguna vez le contamos, las boticas de Buenos Aires se hallaban en una esquina y frente a una iglesia? Sí, para que de alzar la vista, el campanario guiara a su encuentro. Bueno, de algo parecido iba la cosa en las pulperías, aunque la urgencia no fuese más que un garguero seco, un simple alto en el camino. Aunque, como hemos dicho, para la pulpería Juan Moreira no haya habido más rendición que la que habría que concederle la historia. Pues de “trapo de la paz”, ni hablar ¡Con decirle que hasta se encontraron cañones de fusiles enterrados en sus fondos!
Domador, brabucón, pendenciero, cantor… Juan Moreira. El nombre de la pulpería que nadie ha puesto. Del que, fiel a su vida y muerte, se hizo sin pedir permiso.