Blancas como la leche, como esa suerte de leche en polvo a la que asemeja la suave arcilla que les da nombre, las pipas de caolín bien podrían haber sido las verdaderas pipas de la paz… Claro, si no fuera porque los ámbitos en que solían fumarse lejos estaban de cualquier ánimo pacifista. Y es que de tan baratas, su presencia era una fija en tabernas, prostíbulos, campamentos militares, fortines, puertos y hasta plantaciones de esclavos. De allí que sus restos fueran un hallazgo recurrente en celdas, letrinas, pozos de basura e incluso, aljibes. Y quien dice aljibe, dice pulpería. O al menos, la nuestra… Así la cosa, las pipas de caolín halladas La Pulpe son apenas una muestra de su abundancia. Humeando los aires desde principios de siglo XVII hasta finales del XIX, lo suyo fue mucho más que buen cuento.
En blanco y negro
Baratitas, baratitas, sí. Pero frágiles como la porcelana a la que el caolín también constituye. Por lo que estas pipas fueron, sobre todo, dignas hijas de la producción en masa: una vez rotas, no había chance de arreglo ni reventa; iban derecho a la “basura”. Sin embargo, la paradoja de las historia vaya si las ha hecho merecedoras de valor… De fácil conservación arqueológica, el hecho de haberse extendido en el tiempo hizo que se convirtieran en alto fósil. Teniendo en cuenta, sobre todo, las variaciones que fue adquiriendo en cada época y la presente marca de los fabricantes de turno. ¿Un sello que elevaba el rango del producto? Ni tanto si pensamos en sus fumadores. O en sus fumadoras… Porque también las hubo mujeres. Y en la Buenos Aires de principios de siglo XIX eran las negras o mulatas lavanderas. Sí, sí, esas que cargaban ropa y jabón en un sus cabezas, canasto mediante. Pues parece que así, campantes, iban al río: pipa de caolín entre labios. ¿Las tenía? Ahora bien, teniendo en cuenta el riacho que corría a las alturas de la actual Paseo Colón, antecediendo al Río de La Plata ¿será que las pipas de La Pulpe pertenecieron a algunas de ellas? Por lo pronto, y a juzgar por el más grande hallazgo de pipas de caolín en el país, podría uno pensar, más que “cosa de negros” –tal como lo fueron las milongas–, éstas han sido cosa de gauchos.
Con acento francés
¿Entonces? ¿Adiós a la imagen del gaucho con un purito en la mano? Tampoco para tanto… Pero sí que las pampas han abierto un signo de interrogación. Es que en el partido de Rauch, provincia de Buenos Aires, suelo abajo de lo que fue una pulpería, cientos de fragmentos de pipas de caolín ha dejado boquiabiertos a más de un@. Acusando fabricación francesa, se acumulaban en apenas cinco metros cuadrados de estudio. Lo que da cuenta que fumar en pipa no era solo asunto de centros urbanos. Y a las pruebas nos remitimos: alrededor de 300 fragmentos (entre los cuales, unas cuantas cazoletas enteras) que pertenecerían a la década de 1830, de acuerdo al análisis arqueológico. Y que dado el grabado de la marca “L. Fiolet” justo encima de “St. Omer”, evidencia que las pipas son originarias de la fábrica que perteneció a Louis Fiolet, la que funcionó en Saint Omer, al norte de Francia, desde 1761 hasta finales de 1920’s. Un establecimiento que, para mediados de siglo XIX, llegó a producir diez millones de pipas de caolín al año. Rectas, sin decoración, llevaban la marca en el tubo y salían como por él mismo.
Fortineras
Claro que si metemos pala en la historia, tamaño hallazgo tiene más sentido del que de antemano se cree. Pues resulta que la pulpería se encontraba a unos 30km de la localidad de Rauch, rumbo a Ayacucho y curso de agua en medio: el arroyo Langueyú, cuyo paso parte una lomada en dos. De allí que la pulpería –que también funcionó como posta– se llamase “de la Loma partida”, siendo en aquella rosista primera mitad de siglo XIX el paso obligado de las carretas de conectaban Buenos Aires con Fuerte Independencia (actual Tandil). De hecho, los uruguayos Felipe y Pedro Vela, propietarios de la pulpería, estrechaban manos con el mismísimo Restaurador. Y la cuestión pulpera llegó casi que de rebote: dedicados al comercio y el transporte, al convertirse en proveedores del ejército de Rosas entendieron que el poder político iba entonces de la mano de la expansión militar, del levantamiento de fortines y la consiguiente avanzada. Y cómo no, de alzar pulperías capaces de abastecer a los soldados en cuestión. Pues entonces, he ahí las fortineras, ellas: las pipas de caolín. ¿Acaso a ello debamos tamaño hallazgo?
Ninguna gauchada
Si pensamos en un cuerpo de soldados, y en que las pipas de caolín no duraban más que días –o, como mucho, un par semanas– podemos arrimar el bochín al sí. Y he aquí el gran negocio gran para sus fabricantes. Porque sí, leyó bien: días o semanas. Por cuanto las pipas eran casi descartables. Ocurre que la acumulación de tabaco tan en el tubo como en las cazoletas hacía que debieran limpiarse con frecuencia, y teniendo en cuenta la fragilidad del objeto… Crac. Ojo que la moda también hacía lo suyo, por lo que muchas eran descartadas simplemente por la aparición de un nuevo modelo. Pero no pareciera ser ésta una cuestión que incumbiese a los soldados. No en aquellos tiempos de malones y noches escarchadas bajo el manto impiadoso del cielo a campo abierto. De hecho, teniendo en cuenta otros trabajos arqueológicos realizados en la antigua campaña bonaerense, y la escasa cantidad hallada respecto a “Loma partida”, no pareciera tampoco que las pipas de caolín fuesen menester del ámito pampeano. Lo que deja a las claras las sospechas y despeja toda duda: el gauchaje siempre le fue fiel al cigarro.
¿Y el pulperaje? Mostrador mediante, al otro lado de la reja sí que reinaba la pipa. Por lo que, costumbre de pulperos obliga, en los lares de la Pulpe Argentina, así como en este virtual fogón, las pipas de caolín no podían ser más que otro de nuestros más preciosos hallazgos; que otras de nuestras siempre compartidas historias.