Periódicos femeninos, la noticia color de Rosas

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En tiempos rosistas, y aún después, lectoras y escritoras dieron vida a periódicos femeninos. ¿Gusta darles una hojeada con nosotr@s?

No siempre es una fija que los periódicos vienen cargados de malas noticias. O al menos, eso no siempre es indicador de un presente negro. En el caso de los periódicos femeninos, la historia dice que las noticias eran, por sobre todo, color de Rosas. Sí, así con mayúscula, aunque no precisamente por tratarse de mujeres, sino más bien por un polémico señor de homónimo apellido: Juan Manuel. Y no, tampoco tiene que ver con bajarle un tono al estridente punzó federal, sino con el contexto en el que los periódicos comenzaron surgir: en el auge y caída del gobierno del Restaurador, cuando bien revuelta estaba la organización nacional. Eso sí, hubo unas cuantas mujeres a las que no le tembló el pulso a la hora de alzar pluma. Cosa nada fácil promediando aquel siglo XIX. Así que atenti, señores, que unas cuantas señoras empiezan a reclamar su justo lugar en la prensa escrita, así como también en su lectura.

Privadas de público

¿Será que había sitio para las mujeres en el ámbito intelectual rioplatense? A priori, un@ diría que no… La estereotipada película de la mujer madre, que cría e instruye a sus hijos enseguida empieza a rodar en cada una de nuestras cabezas. Sin embargo, incluso detrás de este “modelo” bien podemos decir que tanto los saberes como prácticas de las mujeres han sabido producir conocimiento. Solo que el poder volcarlo en un periódico implica la chance de estamparlo en el tiempo, entregarle una superficie concreta. Sobre todo, teniendo en cuenta que, hasta entonces, el ámbito público era cosa de hombres. Y ojo, que con esto no queremos decir “el afuera”. Porque las mujeres también salían. Dependiendo de su condición social, acudían al teatro, iban a tertulias y bailes. Esos eran sus espacios de socialización. Pero el asunto quedaba, por decirlo de alguna manera, entre nos. Nada de participar en debates, de publicar, de dar discursos a viva voz. Todo se reducía al ámbito íntimo, al de la vida privada. ¿Que si no estaban en condiciones de algo más? ¡Claro que sí! Incluso sin poner un pie fuera de sus casas, tenían acceso a las bibliotecas de padres y maridos. Y si podían darle rienda a la  lectura era por haber sido formadas, ya fuese en colegios religiosos o en las escuelas que funcionaban en el Cabildo. Porque además de cárcel y ayuntamiento, el Cabildo ofició de aula para la enseñanza de habilidades básicas como leer y escribir. Al menos, en la primera parte del siglo. Llegaría luego el turno de la ciencia, la geometría, la música y algún que otro etcétera. Pero esa ya es otra historia… Volviendo a la nuestra, el caso es que los hombres asumían a la literatura como una pasión masculina (que lo digan sino los muchachotes de la generación del 37, asiduos concurrentes del Salón Literario). Y es que  la producción de documentos tales como periódicos respondía, en cierto punto, a otra pasión que entendían propia del género: la política. Sin embargo, todo rigidez encuentra su punto de quiebre su grieta. Hubo así tres periódicos por los que la voz de las mujeres comenzaría a filtrarse para ya no detenerse: La Aljaba, La Argentina y La Camelia.

La Aljaba

El ¿primero? (ya entenderá el por qué de la duda) de los periódicos femeninos que aquí nos convocan fue La Aljaba. Lanzado el 16 de noviembre de 1830, no llegó a cumplir un año. Con dieciocho volúmenes de cuatro páginas cada uno, se despidió de las imprentas en julio de 1831. Aunque no por eso menos contundente… Dedicada al bello sexo argentino, por lo que hombres, afuera. Sí, los límites bien claros desde el principio. Al menos, en cuanto a público. Pero no así en cuanto a contenido. Es que La Aljaba era financiado por su propia directora, Petrona Rosende, por lo que nadie iría a decirle qué decir y qué no; ni ninguna pauta publicitaria condicionarla con algún contenido que garpara más que otro. ¿Dónde lo encontramos? Podemos darlo vuelta de un lado y del otro que no encontraremos dirección alguna, así que no queda otra que ir a la imprenta: la llamada Imprenta del Estado, fundada sobre la base de la antigua imprenta de los Niños Expósitos. Eso sí, para asegurarse que llegaría a las manos adecuadas, circulaba por suscripción. Parece que doña Petrona la tenía clara… Oriunda de la Banda Oriental, no sabemos si lo suyo fue la cocina, como en el caso de su futura tocaya, pero sí la poesía. Porque Petrona ya escribía desde antes de cruzar el charco, desde antes que el avance de las tropas del Imperio del Brasil sobre su suelo natal hiciera que migrara junto a su marido por puro temor. De modo que en su periódico, no dudó en mostrar su costado patriótico. A juicio de muchos, una postura política edulcorada, que ella defendía bajo el nombre de amor a la patria. Rosista hasta la medula, manifiesta en La Aljaba una adherencia al gobierno de turno en tanto la mujer era para ella una embajadora de la paz, y en ese sentido, el gobernante que generaba paz era aquel que promovía el orden. Un orden que el periódico también asumía propio. La moral ante todo, los buenos usos. El acento estaba puesto entonces en echar por tierra la asociación directa entre “mujer” e “ignorancia”, pues toda mujer era capaz de abordar cualquier tema en el espacio que frecuentase (ya lo decía su lema: nos liberaremos de la injusticia de los hombres solamente cuando no existamos entre ellos. Tomá mate…) De allí que la revista difundiera experiencias y conocimientos, aunque siempre abordando las temáticas de su interés: la religión, el amor, el lujo y, una vez más, la moral. Al decir de su competidor, pura tibieza y pacatería

La Argentina

Pasamos página hacia el ¿segundo? De los periódicos femeninos. Porque La Argentina salió antes que La Aljaba, pero se dice que la criatura de Petrona ya estaba lista con anterioridad, solo que había tenido problemas con su imprenta. De modo que nunca quedó resulta la pica entre ambos periódicos al respecto. Incluso, el fin de La Aljaba tuvo que ver con el regreso de Petrona sus pagos, y no con “perder” la batalla con su contrincante. El hecho es que La Argentina tendría entonces dos períodos: uno desde el 1 de octubre de 1830 hasta el mayo de 1831, con veintinueve entregas semanales a cargo de la Imprenta de la República; y otro de apenas seis números discontinuos entre mayo y junio de 1831, esta vez impresos por la Imprenta del Estado. Y aunque cocorito con La Aljaba, no tenía epígrafe ni lema, tampoco se supo quién lo dirigió. Ahora bien, ¿estaría dentro de los periódicos femeninos que aquí nos convocan si hubiese habido un director e incluso, sin haber nombres detrás de su redacción? La respuesta es sí. La bonaerense, la federala, la experimentada, fueron algunos de los seudónimos que firmaban los artículos. ¿Podrían haber sido hombres inmiscuyéndose en un periódico que apuntaba a mujeres? ¿O fue el espacio en el que finalmente las mujeres pudieron dejar de firmar como hombres para ser publicadas? Y ojo que La Argentina abría el juego: recibía contribuciones de aquellas mujeres que quisieran publicar. Eso sí, en un tono completamente distinto al de La Aljaba: menos moralina y más cruda realidad. Por lo que en sus dieciséis páginas, la política era la estrella: si de apoyar a Rosas se trataba –porque al igual que para su competidor, Rosas era la ley y la paz hecha gobierno–, nada de rodeos ni medias tintas. De hecho, “política” era una de las secciones, junto con variedades, correspondencia y un particular apartado de análisis de otros periódicos (a doña Petrona le sigue aún zumbando el oído izquierdo) a fines de tirar un poquito de tierra sobre publicaciones ajenas y atraer el público femenino hacia la propia. Igual, por si las moscas, imagine que una mirada femenina desprovista de moral en aquel entonces no estaba desprovista de su contexto. Así, una de las críticas hacia el mal hacer masculino apuntaba directamente a los hombres solteros, por no cumplir su valor dentro de la patria. Sí, porque las mujeres querían publicar, pero también casarse.

La Camelia

¿Cómo fue que La Argentina se dejó de publicar? No se sabe. Vaya uno a saber si el cambiazo de imprenta y la irregularidad tuvieron algo que ver, pero lo cierto es que, algunos años más tarde, encontraría un relevo igual o más bravo. La Camelia. “El” periódico dentro de los periódicos femeninos. Nacido en épocas post rosistas, sale el 11 de abril de 1853 hasta el 20 de junio de ese mismo año. Sin embargo, al salir tres veces por semana (domingos, martes y jueves), se despachó con 31 volúmenes. Y esta vez, bajo la dirección de una mujer que tampoco escondió su nombre, sino que todavía resuena en la historia de las letras femeninas: Rosa Guerra. Educadora, periodista y escritora no solo fue las primeras en zambullirse en el mundo de las letras sino en pregonar la igualdad de género y los derechos de las mujeres. De allí la imagen de la justicia en la portada y el lema Libertad! No licencia; igualdad entre ambos sexos. Incluso, el recurrir a la expresión Las redactoras, implica abrazar una conciencia de nosotras hasta entonces no manifiesta, y que aúna el contenido del periódico en una autoría común: las mujeres en tanto actoras sociales y políticas, que no buscan participar de… sino que naturalmente ya forman parte. Aún así, La Camelia apuntó cañones a un sector específico, a mujeres mayormente ilustradas o, como gustaba llamarse entonces, “cultas”. Por lo que se conseguía en imprenta pero también en librerías selectas. Al grito de ¡Viva la Confederación Argentina!, lo suyo fue doblemente desafiante. Por alzar la voz tan fuerte, sí, pero sobre todo porque tal proclama en tiempos en que la organización nacional estaba que hervía, y Buenos Aires amenazaba con separase de la Confederación (cosa que sucedió en septiembre de ese mismo año), era casi, casi una provocación. ¿Será que por eso La Camelia calló su voz? Acaso uno de los misterios más de los tantísimos que guarda la historia argentina.

 

Por lo pronto, La Aljaba, La Argentina y La Camelia han demostrado que antes que voz y voto, las mujeres han tenido voz y periódico. Una elección para la que no fueron convocadas ni por la que pidieron permiso, pero en la que se empadronaron por voluntad, derecho y pasión propia.