Paquita Bernardo: revive bandoneón, mi corazón

FOTOTECA

Primera bandoneonista, compositora y directora de orquesta argentina, Paquita Bernardo revive en cada suspiro de fuelle. Oiga su latido.

Contame tu condena, decime tu fracaso…, dice la pluma de Troilo en su Última curda. Solo que en el caso de Paquita Bernardo, primera bandoneonista, compositora y directora de orquesta de tango argentina, el ser mujer lejos estuvo de condenarla. Acaso tan lejos como el fracaso lo estuvo de su vida. No, el bandoneón no lastimó su corazón, sino que hizo aflorar de sí todo su talento. Y, créanos, en el más real de los sentidos, pues resultó él lo fugaz que la vida de una flor –Paquita partió a poco de cumplir los veinticinco años–, pero lo persistente de su aroma. Ese por el que sus notas aún siguen aromando la historia de la música nacional, del tango nuestro de cada día.

El flechazo

Su verdadero nombre fue Francisca Cruz Bernardo. Aunque sí, Paquita para los amigos; para ese público que supo admirarla y seguirla en cada mesa de café, tarima abajo o ñata contra el vidrio a su otro lado. Es que oriunda de Villa Crespo, venida al mundo el 1 de mayo de 1900, su talento, su prestancia, su carácter… (y con cuánto más podemos seguir), fueron pasión de multitudes. Sin embargo, irá intuyendo ya, las cosas no fueron fáciles para ella. No en una sociedad en la que el tango –“sucio”, compadrito, malviviente de aquel principio de siglo– era cosa de hombres y mujeres de “mala vida”. ¿Y el bandoneón? ¡Menos que menos! ¿Qué era eso de que una señorita andase abriendo y cerrando las piernas cada vez que el fuelle se estiraba y contraía? No señor. Si paquita quería clases de música, clases tendría. Pero para ejecutar un instrumento delicado, femenino, suave como sus propias manos de mujer. ¡Ma’ que piano ni piano!, habrá pensado paquita cuando, en una de las salas del conservatorio Catalina Torres al que acudía a sus 15 años para formarse como pianista, descubrió el bandoneón de José Servidio. Pues, nunca tan bien dicho, fue aquel encuentro música para sus oídos. Y el comienzo de un romance interminable…

Autodidacta

El mate era allí señor / no faltaba la guitarra / bien encordada y lustrosa / ni el bacán de voz gangosa / con berretín de cantor… Así las cosas por El bulín de Ayacucho, tangazo de –sí, otra vez Troilo– al que el bandoneón de Servidio, ese que enamoró a Paquita, supo poner música. ¿Y por los lares de Villa Crespo, qué onda? Paquita Bernardo se las ingeniaba allí para aprender sola. Lo suyo fue autodidaxia total. Nomás contó con una mano –manaza, como lo fue para tantos otros– del bandoeonista Augusto Pedro Berto, el primero en publicar en Buenos Aires un método para aprender a tocar el instrumento. Partiendo de la teoría musical ya por él aprendida, Berto se las ingenió para confeccionar sus propios ejercicios. Y Paquita allí, meta echarle mano, ojos, atención, oído. Hasta finalmente dar con quienes fueron sus maestros de cuerpo presente. Entre ellos, nada menos que Pedro Maffia. ¡Paquita se nos iba para arriba!

De puño y letra

Para arriba, o al frente. Y sin arrugar… Es que Paquita Bernardo no habría de conformarse con interpretar tangos ajenos. Ella quería los propios, ¡y mire quién acabaría grabándolos! El “revolucionario” Juan Carlos Cobián –porque si de rebeldes se trata, la vida los cría y el talento los amontona– se alzó con la primera composición de Paquita: Floreal. Roberto Carlos Gardel con La enmascarada, además de los valses Cerro Divino y Villa Crespo (el barrio siempre en el corazón). Y Roberto Firpo con Cachito. Pero habría una composición que marcaría un antes y un después para Paquita. Y es que como soñar no cuesta nada, en 1924 se le animó al concurso de tangos “Disco Doble Nacional”. ¿Con qué tango? Soñando (por cierto, también grabado por el zorzal). Y fue realidad: obtuvo el premio ACCESIT entre 180 postulantes. De más está decir, era ella la única mujer participante. Aunque tampoco queremos olvidarnos de otro dato no menor. Pues si de discos y grabaciones hablamos… Sí, sí, el concurso fue organizado por Max Glucksman. ¿Lo recuerda? Amigo de la casa, de este querido blog, qué contarle de él que no hayamos contado ya. Zar de la industria cinematográfica nacional –como supo bautizársele a Romay de la televisiva– su labor fue más que fecunda en suelo argentino. Y no, una compositora como Paquita no habría de pasarle desapercibida…

No hay dos sin tres

Bandoneonista, compositora… ¿Listo? ¿Cerramos la mesa? No, no, no, que la cosa sigue. Paquita Bernardo también fue por más, y se convirtió en directora de orquesta típica. ¿Y adivine qué? Si del rubro se trata, mujeres afuera. Pero Paquita no iría a dejar que le cerrasen la puerta en la cara. Y se hizo su bien ganado lugar. Fíjese que a los 17 ya había conformado el trío “La Paquita”, con el que actuaba en bailes y casamientos del barrio, pero también en asilos y hospitales. La acompañaban entonces Hortensio de Franco en guitarra y Alberto Pugliese (¡ojo con este apellido!, que su hermano Osvaldo también aparecerá en esta historia) en violín. En 1920 le llegaría el turno del debut teatral. Fue en el teatro Argentino de La Plata, tanto en funciones de beneficencia que organizaban los gremios trabajadores –lo que le valió el mote de “concertista de los obreros”– y en los entreactos de las obras que se presentaban allí cada sábado. Lo hizo entonces como integrante del sexteto de José Junissi (padre de Aldo, quien habría de integrar la orquesta  del gran D’Ariezo. Sí, el árbol genealógico del tango es así de prolífico).Y lo cierto es que el número seis habría de sentarle más que bien a Paquita…

Tomando la batuta

Café Domínguez de la vieja calle Corrientes que ya no queda / (…) / a tus mesas caían Pirincho, Arola Firpo y Pacho a escuchar tus tangos / Era el imán que atraía como el alcohol atrae  a los borrachos. Y lo que le faltó decir a Ángel D’Agostino en su Café Domínguez fue que los tangos de Paquita Bernardo también serían de la partida allí, en Corrientes 1357. Y con qué sexteto… Pues en ese café del que nadie quería quedar fuera debutó la “Orquesta Paquita”. A saber: Alcides Palavecino en violín, Miguel Loduca en flauta, Arturo Bernardo en batería (sí, batería, vaya ocurrencia para entonces)… y munición gruesa. Claro que en ese momento, no eran sino bebés de pecho: también en violín, Elvino Vardaro, ¡y Osvaldo Pugliese en piano! Dos purretes de dieciséis años a los que Paquita, con la visión de l@s que saben, quiso en su equipo. Y eso que el pobre de Pugliese se le presentó a la prueba en pantalones cortos y todo… Menos mal que le dio el sí. Aunque con la condición de que se pusiera los pantalones largos, claro. Fue aquel debut en 1921, y ya entre 1922 y 1924, el sexteto continuaría numerosos bares (La Paloma y la Glorieta de Villa Crespo presentes, cómo no) y salones.

Último aliento

Mujer arrolladora si las hubo, con sus ingresos con la música Paquita Bernardo hasta se compró su propio auto. Y se dio, incluso, el gusto de cruzar el charco con su música. En 1923 se presentó en la Confitería 18 de Julio, de Montevideo. Y ese mismo año participa en la Gran Fiesta del Tango que organiza la Sociedad de Compositores en el porteño Teatro Coliseo. Una vez más, siendo la única mujer de los cien músicos presentes. El 10 de diciembre de 1924 la “Orquesta Paquita” vuelve a pisar fuerte al presentarse en el teatro Smart. Y ojito, que lo hizo con la compañía Blanca Podestá. Un momento… Podestá, Podestá… Si le suena, va por buen camino. Pues Blanca era sobrina de Pablo y José “Pepe” Podestá. ¡Pepino el 88! El caso fue que las presentaciones se extendieron hasta fines de febrero de 1925. Y si fue sacando cuentas hasta aquí, sabrá que el último aliento de Paquita Bernarda estaba a punto de exhalarse. Una afección respiratoria se la llevó  el 14 de abril de 1925, en su Villa Crespo natal, querido, vivido.

Ya lo dijo Troilo: la curda que al final termine la función… Más borrachera de la buena fue la de Paquita Bernardo. La de una pasión por la música, el tango, la vida. Esperamos, desde estas líneas, y parafraseando a don Aníbal, a su corazón, a su memoria y a su nombre, haberle corrido el telón.