Mujeres de la independencia: ¡viva la matria!

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Olvidadas artífices de los laureles que supimos conseguir, las mujeres de la independencia parieron la patria desde las sombras.

Detrás de la gran gesta independentista ha habido unas cuantas grandes mujeres. Sí, la frase que tod@s conocemos no es exactamente esa, pero lo cierto es que toda épica propia de los tiempos de independencia siempre ha tenido sello masculino. Así como también lo es que no solo a una mujer le tocó estar tras bambalinas, desconociendo las luces de neón que tantos otros apellidos en las marquesinas de la historia. Más bien fueron varias, muchas. Todas cuantas compartieron no solo su arrojo, su patriotismo a flor de piel, sino el mismo ostracismo. Y si con estas palabras, doña Juana Moro y doña María Remedios del Valle –dos viejas conocidas de esta blog– se le vienen a la memoria, hoy es el turno de otras estoicas mujeres de la independencia a las que el detrás de escena siempre les ha quedado chico. Ellas son María Andrea Zenarruza, María Loreto Sánchez Peón y María Petrona Arias, y a su enorme heroísmo nos remontamos. Pues no hay victoria que no exceda al campo de batalla, y quién sabe si la hubiera habido caso estas inolvidables –aunque olvidadas– féminas no hubieran hecho lo suyo al otro lado de la línea de fuego.

Causa común

¿De qué hablamos cuando hablamos de mujeres de la independencia? ¿Mujeres que tuvieron que sostener en soledad la crianza de sus hijos mientras sus esposos partían al combate? ¿Mujeres que curaban y alimentaban soldados? ¿Mujeres que confeccionaban uniformes y tejían mantas? La respuesta a todo ello es sí, más no solo se trató de ello. Porque además de criar, curar y cuidar, las mujeres de la independencia metieron sus narices allí donde nadie las llamaba, aunque lo más provechoso de todo ha sido que, allí mismo, tampoco nadie las esperaba. ¿Imagina una mujer infiltrada en reuniones de oficiales realistas, haciendo las veces de espía? Esa fue María Andrea Zenarruza. ¿O una que ideara un correo secreto para hacer llegar mensajes secretos a los patriotas? María Loreto Sánchez Peón así lo hizo. ¿Y alguna que se atreviera a cruzar las líneas enemigas jineteando su propio caballo para llevar informes de independencia? ¡Ahí estuvo María “la china” Petrona Arias! Como verá, estas buenas ¿damas? no se comían los mocos. Y si nos permitimos el interrogativo es porque, para aquel entonces, estas y muchas otras mujeres de la independencia no solían ser dignas del mote de damas, siempre tan reservado a una élite femenina, a determinada condición social o educación. Sin embargo, mujeres de la independencia fueron todas: damas de la alta sociedad, criollas, mestizas, mujeres indígenas, esclavas afrodescendientes… Definitivamente, la causa no reconocía ningún tipo de escalafón. Por cierto, la valentía tampoco.

Cada cual atiende su juego

¿Qué podíamos esperar de las mujeres de alta alcurnia? Contactos, influencia social, labia –cómo no–. ¿Y de las mujeres provenientes de los sectores populares? Tareas más vinculadas a la logística. Eso sí, de ambas, ya fuese en fiestas rimbombantes o en plan más servil, inmiscuirse en los lugares en que se cocinaba el fuego enemigo: los cuarteles y las reuniones de oficiales, allí de donde salía la información. Esa que, bien sabemos, es poder. Pero… ¿podrían las mujeres de la independencia haber huido a enclaves más seguros? ¿Podrían no haberse quedado a pelearla –más no fuera sin armas–, con todos los peligros que una ciudad sitiada implicaba? La respuesta es sí. Claro que entonces hubieran sido simplemente mujeres. Y ellas iban por más: una independencia injustamente desasociada de su género, de sus nombres. Pero que aquí les devolvemos casi que como un apellido.

Todo terreno

María Andrea Zenarruza bien podría haber pensado que todo estaba perdido. A poco de acabarse el 1813, las tropas realistas habían aplastado al Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano, en la batalla de Ayohuma. Y eso la cosa pintaba bien: después de la paliza táctica que había resultado ser el Éxodo Jujeño en 1812 y de la victoria en Tucumán ese mismo año, esta sí que nadie se la esperaba. Mucho menos, tener que evacuar Potosí y retroceder sobre los pasas andados hacia el sur. Claro, con el diario del lunes bien sabemos que no había que perder las esperanzas, ni mucho menos bajar la guardia. Pero en enero de 1814, cuando Manuel finalmente entrega el mando del ejército a José de San Martín, el final feliz no se veía tan clarito. Había que apretar los dientes… y salir a vender pastelitos calientes. Así que allí fue María Andrea, camuflada y silbando bajito por las calles de su Salta natal, a fines de hacerse de números e información. Eso sí, nada de mandarse sola. La cosa estaba bien orquestada por una tal María Magdalena Dámasa de Güemes. Ni más ni menos que Macacha: sí, la hermana del gran caudillo salteño, quien junto a Juana Moro y María Loreto Sánchez Peón, entre otras, creó esta red de espionaje femenina a cuyas filas se sumó María Andrea Zenarruza. ¿Y más que predispuesta, eh? Que así como se disfrazaba para hacer las veces de vendedora de pastelitos, y hasta de lavandera, también se metía como una buena moza en las tertulias de los oficiales enemigos. Porque, sitiada y todo, si algo no fallaba en Salta era la fiesta, su pomposa actividad social. Así, mientras los realistas disfrutaban de bailes con jóvenes salteñas, las mujeres de la independencia sacaban su tajada del jolgorio.

 Yo bombeo, tú bombeas… ELLAS bombean

Ahora bien, Macacha es de esos hits que conocemos tod@s. A Juana Moro ya se la hemos presentado. Pero… ¿qué hay de María Loreto Sánchez Peón, otra de las cabezas de la red? Fue una de esas a las que su don socializador le dio su buen rédito en la causa, pues sabía codearse como pocas con las altas esferas. Por lo que no tardó en entablar “amistad” con los mandamases de las fuerzas españolas allí presentes. Es más, ella misma transportaba mensajes ocultos en su vestimenta y hasta llegó a idear un sistema de mensajería: el correo secreto patriota. Claro que para eso había que “bombear” de lo lindo, lo que para aquel incipiente siglo XIX era “espiar”, “averiguar”, “investigar”.  Así fue como las mujeres de la independencia que se acoplaron a doña María Loreto en su cruzada fueron conocidas como “las bomberas”. E iban desde las dueñas de casa en que se organizaban las tertulias hasta la servidumbre que en ellas servía. Toda una cadena de bombeo muy sutil, porque en la primera que levantaban la perdiz… Pero claro que la cosa no terminaba ahí, porque la información debía llegar a buen puerto. De la ciudad de Salta a Jujuy, de Jujuy a Orán. En un primer momento, el transporte de mensajes en el revés de sus vestidos fue una buena salida. Pero en cuanto comprendió que la comunicación de lo tramado en Salta debía ser prácticamente diaria, se valió de un fornido árbol situado a la vera del río Arias, en las afueras de la ciudad, para improvisar un buzón. Le abrió en el tronco un hueco en el que pudiese caberle la mano y lo tapó con la misma corteza. Así, cada vez que las criadas iban al río a lavar la ropa, entre tela y tela se escondían los mensajes que podían cambiar la suerte nacional. Y sin ser vistas, estas patriotas lavanderas dejaban el recado donde correspondía, a la vez que se llevaban la respuesta.

Engranada

Ni leer ni escribir –los mensajes del correo patriota los dictaba a un amigo de confianza–o de María Loreto Sánchez Peón era conversar. Y aunque no era lo que mejor se le deba, también sabía contar, por lo que al tocarle hacerlo con el número de oficiales realistas, para no perder la cuenta, hizo otra de las suyas. Portando una canasta cargada de pan en su cabeza y vestida con ropas simplonas, doña María Loreto recorrió las calles de Jujuy, se paseó entre la soldadesca y se dio a su tarea. Tenía el bolsillo de su pollera lleno de granos de maíz, e iba metiendo en una de las dos bolsitas vacías que pendían de su falda tantos granos como soldados cantaran presente. Los granos de los que estaban ausentes iban a parar a la otra bolsita, de modo de que así también tenía el número de las bajas y disertaciones. Y así, cada vez que nuevos refuerzos llegasen del Alto Perú. Vehemente, incansable, María Loreto parecía haber trazado un pacto con la vida misma: ¡vivió hasta los ciento cinco años! Y ya con el pelo totalmente encanecido, los ojos celestes aún encendidos, iluminando su piel blanca, lució en su peinado moños de igual color, en eterno homenaje y amor a la patria que, junto a tantas mujeres de la independencia, supo parir. Entre ellas, su amiga María Petrona Arias, “la china” para l@s amig@s, dados sus ojos rasgados.

Porque si había recados, si había mensajes en buzones que llevar y otros que devolver; si había correspondencia secreta e informes de inteligencia altamente, ahí estaba ella, montada a su caballo para transportarlos, pero también suministros, llegando incluso a meterse en territorio enemigo. Su habilidad como jinete fue puesta al servicio de la causa independentista, cerrando el círculo de espionaje, de “bombeo” e información tan necesario. La invisible tarea que no solía llevarse los laureles tan disputados en el campo de batalla, pero que sin ella, sin ellas, las mujeres de la independencia, no hubiéramos podido conseguir. Viva la patria, sí. Y la matria. Por siempre, viva la matria.