Mariposa bandera argentina, alta en el cielo

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La mariposa bandera argentina bate en sus alas los colores de la patria, y es su vivo vuelo la defensa de nuestro verde suelo.

Su nombre científico es Morpho epistrophus argentinus, pero cuando despliega sus alas por los aires de Chaco, Misiones, Corrientes, Entre Ríos, el noreste de la provincia e, incluso, la ciudad de Buenos Aires, los tecnicismos quedan afuera. Pues con sus alas color celeste blanquecino, es ella la mariposa bandera argentina. Dueña de uno de los ciclos de vida más extensos entre todas las mariposas, lo suyo es hacer patria hasta el final de sus tiempos. Por lo que de proteger su existencia depende que continúe haciéndolo hasta el final de los nuestros.

Juntas son multitud

Huevo, oruga, crisálida y adulta. Cualquier mariposa es todo ello. Lo es en un ciclo de vida pleno de extraordinarias metamorfosis, pero para agregar una extra ordinariez más, la mariposa bandera argentina le pone el cuerpito a cada fase casi que a lo largo de un año. Sí, puede llegar hasta los doce meses cuando la mayoría promedia entre el mes y medio y los casi tres; además de ir de la mano de nuestro calendario casi a rajatabla. Vea usted, en esta cuestión del “casi”, le concedemos el mes enero, pero como sus huevos aparecen en verano, ya son un hecho para mediados de febrero. ¿Dónde? En árboles nativos, cómo no: pueden ser el coronillo si se trata de los pagos bonaerenses, o el bugre si hablamos de las provincias que se extienden más hacia el norte. Pues de las hojas de dichos árboles es que se alimentará la oruga una vez que rompa el cascarón, o los veinte de la decena de huevos que “pone” cada mariposa. Y vale esta aclaración respecto al carácter multitudinario de los huevos, pues las orugas de la mariposa bandera argentina funcionan en banda. Sí, sí. Como si fuesen un enjambre de puercoespines tricolor (rojo, blanco y negro), permanecerán juntitas y firmes como rulo de estatua durante varios meses. Y varios, son varios eh. Recién para octubre, habiendo ya pasado todo el invierno hechas un nidito –en multitud, incluso alcanzando núcleos de ochenta, es que se defienden de sus depredadores– empiezan a circular por las ramas de forma solitaria, buscando su alimento. O como se dice, buscándose la vida de forma independiente.

Efecto dominó

Ahora bien, la mariposa bandera argentina es entonces mucho más que una insignia patria, casi que una escarapela al vuelo, viva. Es acaso un emblema de conservación, pues su existencia depende, a la vez que defiende, el coronillo, el bugre… el ambiente todo en el que habita. Y esta defensa consiste tanto en plantársele de cara no solo a la deforestación, sino también al avance de urbanizaciones –responsables de la fragmentación de las ecosistemas–, y la introducción de especies exóticas: en el delicado pero perfecto equilibrio de madre natura, cada especie necesita de lo que su propio suelo da, por lo que desplazar a los árboles nativos en los que la mariposa bandera se reproduce y de los que se alimenta es desplazarla a ella también. Y aunque ninguna de estas tres problemáticas tocara a la puerta, una alteración en las condiciones ambientales que dichos árboles precisan para crecer y vivir, será de todos modos consecuencia de una posible extinción. Suficiente ya que para peligrar en vida, a la oruga de la mariposa bandera argentina le haya bastado simplemente con ser oruga… Ocurre que, antiguamente, eran confundidas con gatas peludas, por lo que las pobres terminaban prendidas fuego y, nunca tan literalmente dicho, a otra cosa, mariposa. Suerte que también corría el corpulento coronillo, talado para ser leña. Pues aunque dura de encender, asegura una brasa pareja y duradera.

La metamorfosis

Así la cosa, si las orugas logran sobrevivir, comienza entonces la alucinante metamorfosis. Tras dos meses de alimentarse, con la llegada del verano, la mariposa bandera argentina está lista para abrir sus alas. O para hacerse de ellas: nacer celeste y blanca, como el cielo que habrá de cobijarla. Aunque para hacerlo buscará un cobijo menos diáfano. Buscará oscuridad, reparo del viento… buscará no ser vista, camuflarse en ese verde del que ya no se alimentará. Pendida de un gancho de su abdomen, la oruga de la mariposa bandera argentina se dejará caer cabeza abajo. Y allí, colgada, irá poco a poco perdiendo sus pelos espinosos, y comenzará a ganar un tono grisáceo. Ya lampiña, su cuerpo se empezará a contraer, como si estuviera secándose, muriéndose. De algún modo de lo hace. Solo que para volver a gestarse. Pues serán 72hs de quietud tras las que la oruga comenzará a girar sobre sí hasta romper su propio tejido. Surgirá entonces la crisálida, que con la forma de un mini pepinillo semejará ser una hoja enrollada, una más de su árbol-cobijo. Allí, así estará por lo que dure diciembre, a la vez que irá ganando, poco a poco, transparencia. La transparencia tras la que se comienza a dejarse ver su maravilloso espectáculo: lo que se transforma es algo tan sustancial como la materia misma. De la oruga solo queda su sistema nervioso, mientras que todo otro tejido se diluye, como cera que se derrite para solidificarse en algo otro: un ser que habrá de volar, que portará antenas, que ya no habrá de comer sino succionar, por lo que un nuevo aparato bucal cobra espacio, entra en circuito. Las alas de la mariposa argentina son ya una bandera enrollada, que aguarda a ser desplegada. Hasta que por fin se despliegan, contra toda fuerza gravitatoria, para alzar vuelo.

Borrachitas

Patriota, dijo la partera. Pues el celeste blanquecino de sus alas, apenas pobladas de manchas negruzcas en las márgenes y amarillentos ocelos –de fondo también negro– en su cara inferior, no permiten menos. Y flor de bandera es la suya, pues las hembras pueden llegar a medir entre 110 mm, mientras que los machos alcanzar los 90 mm. Por lo que de lo lindo andan pavoneándose por los cielos veraniegos, lentas y algo erráticas, como muchachitas revoltosas o “borrachitas” tal como suele decírseles. Y a juzgar por lo que ingieren, el mote no les cae nada mal… Hemos dicho, adiós a las mandíbulas que, cual cucharas dentadas, masticaban hojas en los tiempos de oruga. La mariposa bandera argentina succiona, como toda mariposa, aunque no néctar, sino frutos en descomposición, de allí que sea habitúe de los ambientes húmedos –repasemos: Misiones, Chaco, Corrientes…–. Por lo que muchas veces puede llegar a consumir líquidos naturalmente fermentados. Palabras más, palabras menos, alcohol. Sí, pero ojo que su vuelo esquivo, desordenado, no responde precisamente a borrachera alguna, sino a la estratega necesidad de hacérsela dura a los depredadores, quienes son los que acaban pegándose menudo mareo al intentar cazarlas.

Defensa mutua

Así se defienden, sí. Y así nos defienden. Una vez más, tal como cuando eran orugas. Aunque esta vez, contribuyendo al reciclaje de la materia orgánica, equilibrando así un ecosistema en el que prácticamente no polinizan, pero hacen una parte de la tarea igual de vital. ¿Entonces? ¿Cuánto perdemos si perdemos a la mariposa bandera argentina? Su belleza parece una anécdota, aunque quizá no lo sea tanto. Pues en ese golpecito al corazón que nos da ver sus coloreas flamear, tal vez recordemos una y otra vez cuanto nos pertenece, cuanto estamos llamados a proteger –que quizá no sea más que devolver- ¿O cabe alguna duda después de éstas líneas?– Ser parte sin interferir, acompañar el natural flujo de la naturaleza sin interrumpirlo, apenas respetándolo. Declarada Monumento Provincial, la mariposa bandera argentina goza, al menos, en la provincia de Buenos Aires, del resguardo que le da la prohibición de su captura, hostigamiento, persecución. Más también la de alterar su entorno: la destrucción o modificación del ambiente en el que vive, además de  cualquier otra acción que afecte el equilibrio de sus poblaciones.

Porque, como se dice, todo empieza por casa, que la mariposa bandera argentina, la que es patria alada, sea entonces el puntapié de esa conciencia, cuidado y pertenecía que nuestro plantea, la casa mayor, también necesita.