Alguna vez le contamos, cuando las farmacias eran cosa del futuro, el santo remedio para casi todos los males lo tenían las boticas. Cómo no, de la mano de los jesuitas, pues en el jardincito trasero de la llamada Botica del Colegio –ubicada dentro de la Manzana de las Luces–, hierbas, yuyos y plantas medicinales estaban al servicio de la curación. Claro que en el gran jardín que es Sudamérica, sin que medie patio alguno, las plantas siempre han estado allí, y quienes como nadie han sabido hacer buenas migas con ellas fueron los pueblos originarios. Ya fuere con fines medicinales, rituales o espirituales, el verde que la tierra les proveía no solo ha sido parte de su día a día, sino puente de comunión para con su suelo, su ambiente y hasta sus dioses; un pasaporte al conocimiento. ¿Gusta de cruzarlo con nosotr@s? Hoy presentamos el hataj wichí.
Dios adentro
Árbol de Cebil. Ese es el hataj de l@s wichís de acuerdo a los diccionarios de español, el cual crece en el norte de Argentina y Bolivia, entre otras regiones tropicales y subtropicales de Sudamérica. Pero allí nos quedamos, pues el territorio del Gran Chaco –el cual abarca el en medio sin fronteras de los ríos Pilcomayo y Bermejo– es aquel al que la Nación Wichí pertenece, y con el que han desarrollado un vínculo habitacional, identitario, sagrado. Allí crece el Cebil, sí, y a sus vainas y semillas apuntamos, pues la bufotenina que éstas contienen ha sido, dada su condición de compuesto psicoactivo, utilizada en forma ritual por esta nación. Por lo que el hataj wichí es en verdad mucho más que un árbol. Se trata de una preparación que, al ser ingerida, es capaz de alterar la conciencia e inducir a una experiencia de conexión con planos superiores, con aquello que llamamos “divino”. Una experiencia mística. ¿Por qué cree, acaso, que la bufotenina es un compuesto enteógeno? Entendiendo que su denominación proviene del griego éntheos, lo que significa “dios adentro”, está más que claro, ¿no? Ahora bien, misticismo, espiritualidad, ritualidad, divinidad… Las palabras se suceden en una cadena interminable de sinónimos que en verdad no lo son tanto. Aunque fuera de la cola nos queda una de la que el pueblo wichí bien conoce. Y no precisamente por tocarla de oído, sino por practicarla con maestría: chamanismo.
Por voluntad propia
Porque primero lo primero, bien vale aclarar que, al igual que cualquier otro pueblo originario, el wichí ha contado no sus propias instituciones de conocimiento, así como con los respectivos objetos de estudios, aprendizajes. Lo que se dice, las propias recetas –en tanto que prácticas– a partir de las que entender no solo de qué va el mundo, sino de que van ell@s mism@s. Para l@s wichís, esta noción propia se denomina husék. ¿Algo así como un alma? Más bien una voluntad, o un conjunto de ellas: la voluntad vital –un ser espiritual que se aloja dentro sí, confiriéndole su carácter–, la buena voluntad –la cual transforma al individuo de carne y hueso en un ser social y moral–, y la fuerza de voluntad. Precisamente, la voluntad chamánica, ya que es producto del poder mágico que la voluntad tiene para lograr aquello que supera el ámbito físico, sus posibilidades. Y se llama qopfwayaj. Larga historia hecha corta, podemos entonces decir que el qopfwayaj es una fuerza propia, esencial al husék. Por cierto, utilizada como nadie por el hayawu o chamán. Sí, nos acercamos de a poco a comprender de qué va el chamanismo, de qué el propio chamán. Pero sigamos pasito a paso el asunto no empezó por casa.
Ver para teorizar
¿Y si le decimos que el chamanismo es, al cabo, el modo en que se practicó aquello que conocemos como “religión” hace unos 40000 años en Eurasia? Pfff, los poco más de 10000 en Sudamérica suenan entonces a un vuelto. Y lo cierto es que hay evidencia arqueológica de ello. Pues para aquellos tiempos remotos, el chamanismo fue la única forma de religiosidad que existía en la Tierra. Así es como se lo considera el sistema de curación por método de mente y cuerpo más antiguo y de mayor alcance que se conoce. Sí, leyó bien, método. Nada de “abracadabras” ni cosa por el estilo. Alcanzar el conocimiento –o una multiplicidad– es aquí una cuestión de procedimiento. Por lo que el chamán o hayawu wichí es, además de sabio, todo un teórico. ¿De qué? De los fenómenos que son invisibles. Lo suyo es, por sobre ver para creer, ver para teorizar. De ese modo saber. Y allí el hataj, para proveer al fin esa conexión; para hacer visible al hayawu aquello que no se ve. Ya fuese para ser fumado o aspirado, el rapé o fino polvo a base de cebil demanda su paciente preparación. Las semillas son tostadas, molidas y mezcladas con alguna base fuerte (tal como cal o conchas de caracol), luego humedecidas y dejadas en maceración. Recién cuando la preparación se seca al completo es que está lista para ser consumida y entregar sus bondades. ¿Por cuánto tiempo? Entre cuarenta minutos y dos horas.
No nos diga nada, pues la pregunta está en el candelero: después de todo lo dicho, ¿es posible pensar al hataj como una simple sustancia psicoactiva? Volvamos a la palabra clave: enteógeno. No, lo suyo no es la evasión, la fantasía. Lo suyo es el acceso a otra visión de la realidad, una que solo desde allí está disponible; desde ese estado alterado de conciencia al que conduce. Por cuanto el hataj o cebil es una planta sagrada en tanto que maestra: no hace milagros; educa. Y del profundo arraigo en la cultura wichí es testigo la propia arqueología: halladas en cantidades en sitios arqueológicos andinos, las pipas de hueso de puma dan certeza de ello; lo han hecho hasta hace cuatro mil años… ¿Hasta hoy? Prohibido su uso, se volvió clandestino. Pero el hataj no se ha perdido del todo. Nunca lo ha hecho. Desde estas líneas, procuramos reencontrarla sin prejuicios, abriendo las puertas a cuanto la sabiduría ancestral aún tiene para entregarnos. Junt@s, la recibimos.