Dalmiro Castex, sacando chapa

FOTOTECA

Dalmiro Castex trajo el primer automóvil a vapor del país, y se hizo de la patente 01. Aquí, una historia que marchó sobre ruedas.

¿Será que como nuestro querido Macoco Álzaga, no ha habido dandy alguno? Cierto es que Lucio Mansilla no se quedó atrás… Aunque para disputarle la corona a Macoco, hacía falta un poco más. Y mire como son las cosas, que si el niño mimado de los Álzaga se jactó de “tirar manteca al techo”, hubo quien tuvo la sartén por el mango. O mejor, dicho la cacerola bien puesta. ¿Dónde? En su triciclo francés: el primer automóvil que rodó en la argentina. Y entre su nombre y apellido, claro. Con ustedes, Dalmiro “cacerola” Castex.

Chico bien

Oriundo de Francia, el chiche nuevo de Dalmiro Castex fue toda una revolución por estos pagos. Aunque antes de pasar a la criatura, pongamos la lupa sobre su padre. ¿De quién hablamos cuando hablamos de “cacerola”? Hijo de Juan Cruz Varela Cané y la yorugua Rita del Carmen Castex (si este apellido le suena al nombre de una calle de Palermo Chico no es pura coincidencia, pues por allí vivía la unita familia), Dalmiro Castex se crió entre algodones. Habiendo pasado su niñez y adolescencia en la mansión familiar de avenida del Libertador y Salguero (para muestra, eche una miradita a la galería de fotos), ni bien se graduó en el Colegio Nacional Buenos Aires marchó derechito y sin escalas a Bruselas ¿Motivos? Estudiar mecánica, pues los motores era su gran pasión. Tanto así que, una vez de regreso, no se le cayeron los anillos y se fue a trabajar a los talleres del Ferrocarril de Oeste. Ni más falta decir, no era precisamente plata lo que necesitaba, sino darle rienda suelta a su oficio, a su amor. Y así, entre el taller y la mansión, entre las tuercas y el lujo, más también entre Buenos Aires y París –ese destino que deslumbraba a la aristocracia para fines de siglo XIX y principios del XX– sucedió el gran flechazo. La Ciudad Luz lo encandiló con el brillo de sus últimos gritos en materia de mecánica. Descubrió allí los primeros vehículos de autopropulsión, y ya no hubo vuelta atrás.

Ningún vende humo

Su regreso a Buenos Aires sería con automóvil y todo o no sería… Eso sí, con un poquito de delay. Es que Dalmiro Castex lo encargó especialmente a la firma francesa De Dion, Bouton y Trépardoux, allá por 1887, y llegó dos meses después. ¡Toda una sorpresa para la Aduana! También, ante tamaña caja en la que vino embalado… Al punto tal que no se lo dejaban ingresar, porque una aparatejo como aquel no estaba contemplado, y ni siquiera parecía un automóvil. Aunque lo era, y Dalmiro logró finalmente salirse con la suya (porque los apellidos pesan, vio…). Así fue como comenzó a montarlo en su jardín, aunque a trocha modificada ya que las huellas que presentaban las calles Buenos Aires no eran idénticas a las de París. ¿Apenas un detalle para un graduado en la materia? Parece ser que sí, porque enseguida salió Castex a “fumigar” las vías porteñas con el humo que, cual cacerola, la caldera de vapor del automóvil tenía en la parte trasera. Por cierto, aquella que le ha hecho ganar su buen apodo. ¡Imagíneselo, por las calles más top de Buenos Aires, haciendo alarde de su maquinita! Haciendo de la humareda que dejaba a su paso casi una marca personal, un halo de su endiosada presencia.

Chapa y escudo

Sí, Dalmiro Castex estaba, como se dice, subido al caballo. Pero en verdad era el suyo un triciclo. Autopropulsado, sí, pero triciclo al fin. Por lo que nuestro dandy no se conformaría con ello. Ocho años más tarde, en 1895, se hizo traer de Alemania un Daimler modelo ’93. Un chiche de no más de un cilindro cuya velocidad máxima era de 35 kilómetros por hora. Aún con dirección a manubrio –faltaría un pelín más para le llegada del volante–, y dotado de unas ruedas de hierro –tampoco se usaban aún las gomas–, era el suyo un andar bastante bochinchero. Pero por sobre todo, más que llamativo a los ojos. Todo era novedad por aquellos tiempos, y todas llegaban de la mano de Dalmiro Castex, quien con la sucesiva llegada de nuevos vehículos (un Benz también alemán, un Ford de Estados Unidos, un Panhard de Francia…) dio vuelta la tortilla: ya no hacía modificaciones para adaptarlos a las calles, sino que la ciudad debió repensar su diseño para adecuarse a un fenómeno automovilístico que ya no se detendría. Incluso, para contar con un registro de vehículos, se creó un sistema de patentes en el cual Dalmiro Caztex sí que sacó chapa: se hizo de la número “01” Enlozadas y algo frágiles, tenían el número y el escudo de la intendencia (une vez más, mire las sucesivas en los autos antiguos de la galería), además de portar la leyenda “Dirección de Trailers Públicos”. Verdaderas joyitas de colección si se considera que no alcanzaron el medio siglo de vigencia, pues se utilizaron hasta 1935.

ACÁ, Dalmiro Castex

Claro que el dueño del primer automóvil también sería congraciado con la primera licencia… Sí, señor@s, Dalmiro Castex recibió así el primer registro de conducir del país. ¿Difícil la prueba, “cacerola”? ¡Pero si no había examen ni examinadores! Nadie más que Castex sabía lo que sabía en materia de automóviles, aunque parece que el dandy era un poco temerario. ¿Tal vez un pelín yeta, también? Es que una vez que se le ocurrió unir Buenos Aires con Rosario en automóvil –por supuesto, algo que nadie había hecho hasta entonces–  no va que pasaron por un puente y el puente se cayó. Démosle la derecha a “cacerola” en que el puente estaba bastante ruinoso, y que la lluvia había hecho de las suyas. Pero el caso es que el tipo pisó el acelerador y pasó. Incluso, según él, aquella corajeada valió para bien: tuvieron que construir un puente como es debido. ¿ “Cacerola” presidente, pide la gente? Bueno, tampoco para tanto. O al menos no de la República, pero sí de una institución pionera fundada por el mismo Castex: el ACA.

Segundo en discordia

Laureles y más laureles para don Dalmiro y su avasallante presente. Aunque cierto es que existe, más que el o la tercera, el segundo en discordia. ¿O será que fue el primero? Es que dicen que dicen, junto con el De Dion, Bouton y Trépardoux, en 1887 también llegó un Holzman eléctrcico, accionado por cuatro baterías, proveniente de Estados Unidos, y arribado al país de la mano don Eleazar Herrera Motta. El caso que, el combo De Dion…– Castex parece que tuvo más marquesina que el Holzman – Motta. De hecho, mientras uno se pavoneaba por la avenida del Libertador, conducido por personaje de la aristocracia porteña, el otro fue directo a Chilecito, provincia de La Rioja. Y allí comenzaría un pasamanos con más desventuras –y devaluaciones– que otra cosa. Vea usted, su dueño original lo vendió a don Agesilao Laprosa  por $3000. Pero resulta que Laprosa acabó sacándoselo de encima en menos de lo que canta el gallo, porque a su esposa le habían llegado habladurías de que el auto estaba engualichado. ¿Quién se hizo entonces de la endiablada criatura? Un tal Nicolás Erazuin, chileno el hombre. Eso sí, a mitad de lo que Laprosa lo había comprado. Y mire como habrá sido la historia, que no contento con la rebaja, el vendedor dejó clarito en el recibo de venta: “he recibido de mi amigo Nicolás Erazuin la suma de 1.500 patacones por la venta de un carrito a fluido eléctrico que no ha traído más que disgustos, aclaración que hago para no malquistarme con el amigo Erzuain en el día de mañana”. Como se dice, el que avisa no traiciona.

Socio presente, socio presidente

Menudencias aparte, ambos autos han primereado con su presencia el suelo nacional, solo que las diversas suertes han hecho que Castex se quedara con todos los número uno de manera oficial (aunque la patente 01 se la sacó de guapo el intendente de Buenos Aires, Joaquín Anchorena). Además de su condición de referente, aquella que nadie consiguió quitarle. Consultado incluso por la clase política –Castex llegó a ser también consejal, cargo a partir del que logró alquitranar la avenida Alvear– nadie asomaba como mejor faro en el horizonte para velar por el desarrollo del automovilismo y el mejoramiento vial. Nacería entonces, ya para 1904, el Automóvil Club Argentino. Institución de la que, hemos dicho, fue presidente pero también miembro fundador. ¿Y qué otros muchachotes lo acompañaban? Mientras vaya uno a saber que era entonces de Laprosa y Erauzin, los conocidos de siempre se unían a las filas, y los estatutos de Castex. Entre ellos, nada menos que Felix Ázaga Unzué (¡hermano de Macoco!) y Alfredo Tornquist (hijo de Ernesto, el pobre que no alcanzaría a ver terminada ni su lujosa residencia marplatense ni el Parque Japonés).

Apellidos y más apellidos, luces, glorias y toda la pompa para Dalmiro Castex y sus automóviles. Porque aún superando o no la letra chica de un hito histórico que también incluye a Herrera Motta, supo quedarse con la portada, poner el gancho como actor principal en el contrato de esta película. O parafraseando el dicho, tener la cacerola por las asas.