En fila india. Con sus salas una atrás de la otra. Aunque el saber popular ha pensado más bien en otro personaje a la hora de darles bautizo: el gaucho. Fuego, asado y unos chori, cómo no… Hilvanadas sus habitaciones como por un piolín, las casas chorizo hicieron su desembarco en la historia de la arquitectura nacional casi que sin querer queriendo. ¡Y vaya si se han hecho querer! Pues su diseño e infraestructura fueron mucho más que una creación arquitectónica, fueron un modo de vivir y compartir por el que a más de un@, todavía, se le pianta un lagrimón. ¿Gusta de entrar con nosotr@s?
Haciendo memoria
Las casas chorizo nacieron de la partición de las llamadas casas coloniales, ¿Lo recuerda? Más que el tiempo, el espacio comenzaba a volverse tirano en aquella Buenos Aires virreinal, en la que comenzaba a abandonar sus aires aldeanos para calzarse la pilcha de metrópoli. Así la historia, las casas de sucesivos patios con cuartos en su redor vieron pasar el tijeretazo por su mitad. Los cuartos de un lado para una, los del otro para otra. Y medio patio para cada quien (lo justo es justo, vio). Por lo que, angostitas y dueñas de una seguidilla de patios sobre uno de sus lados, las casas chorizo empezaron a escribir su propia historia puertas adentro. Alma de sus habitantes, acusaban, incluso, una tecnología de aquellas. Y nada de aparatos, Wi-fi, ni nada que se le parezca. Lo suyo era ingenio constructivo, una eficacia e inteligencia que daba solución a los grandes males porteños –¿alguien dijo calor en enero?– y favorecía el encuentro, la reunión, el descanso compartido y todo lo que está bien.
Ningún trámite
Zaguán a la noche abierto
refugio de mi ilusión
a ti se quedó prendida
la flor de mi corazón.
Ya lo dijo Chabuca Granda, que de lugar de paso, el zaguán no tenía nada… Pasillito fresco, medio penumbroso que separaba la vereda del hogar, era el zaguán un en medio que se habitaba. Para empezar, allí es que dueñ@s de casa y visitas desensillaban: fuera el saco, la sombrilla para el sol o el paraguas para la lluvia, los sombreros… Entonces sí, ya más livianit@s y bajadas un poco las revoluciones (parecía que el zaguán intimaba a hablar más despacio, casi que a cuchichear), llegaba el turno de cruzar la puerta cancel. O bien podemos demorarnos un poquito más, ¿no cree? ¡Si así lo habrán hecho un@s cuánt@s enamorad@s! Quienes, ya fuese con el visto bueno familiar, en modo trampa o en plan conquistador, retrasaban la despedida, escondían de miradas ajenas a su amor de turno o se atrevían a la galantería. Aunque si de esconder hablamos, los zaguanes tampoco escaparon al chisme entre vecin@s. Incluso, en el revolucionado siglo XIX, los secretos y las conspiraciones también fueron de la partida –y la llegada– allí. Es que hubo zaguanes para todos los gustos. De esos chiquitines, que se construían solo para no quedarse con las ganas y poder cumplir con el ritual de arribo y partida; y esos otros que, grandes como habitaciones, daban para todo lo dicho y más. Desde un quiosquito para venta de “cuetes” a fin de año o una heladería en verano. Porque el rebusque argentino siempre estuvo a la orden.
Cancelada…
¿Abrimos de una vez la cancel? Más vale que sí, que el lechero o el diarero andan cargados hasta la manija y tienen que seguir camino. Eso sí, una charla no se le niega a nadie… Que para las conversaciones largas y tendidas está el adentro, el otro lado de aquellas dos hojas que, en muchos casos, lucían bellísimos vitreaux y picaportes de broce. Porque la cancel era toda una carta de presentación, el verdadero portal a “casa”. Nunca tan bien dicho, el templo del día a día. Pues la palabra “cancel” comparte raíz con “cancela”: las rejas que en tiempos prerrománicos separaban los espacios dentro de las construcciones religiosas para seguridad y ventilación. Sin embargo, las casas chorizo traerían otras bondades bajo la manga. El zaguán y la puerta cancel fueron apenas unas de sus virtudes, de su caldo de cultivo para una vida más lenta y compartida. Eso sí, con los cuidados del caso. Y ya verá por qué se lo decimos.
Figus codiciadas
¿Piso flotante? No-la. ¿Parquet? No-la. ¿Cerámica industrial? Menos. ¿Pisos de caldén y pinotea? ¡La-te! (y si no viene con ese inconfundible crujir al caminar, no vale). ¿Mosaicos calcáreos? ¡Recontra-late! Es que si las casas chorizo son una figurita difícil en la Buenos Aires de hoy, sus partes lo son más aún. Pero quien casas chorizo quiere, mosaico y pinotea tiene. ¡Cómo no acordarse de esos tablones largos, medio rojizos y brillantes que tenían sus habitaciones! Porque el caldén y la pinotea eran cosa de los cuartos. Casi, casi como para caminar sobre las nubes antes de dormir. Es que ese crujir característico que nos remite a las casas de l@s abuel@s en la infancia, se debía a una cámara de aire; un espacio vacío por debajo de los tablones que oficiaba de aislante. Tanto de la humedad proveniente del río de La Plata o las propias napas, como de la temperatura del suelo. Así, fuese invierno o verano, un@ podía caminar descalz@, que la madera no estaba ni fría ni caliente. ¿Vio que delicia? Eso sí, el mantenimiento lleva su buen laburito: nada de cera en botella. Había que franelear de lo lindo con los pies. Pero vaya si lo valía.
¿Y qué hay de los mosaicos? Con patrones geométricos únicos, baldosas y guardas se bancaban los baldazos como duques. Es que también gozaban de calidad artesana: se fabricaban uno por uno, a prensado y sin cocción. Así que los mosaicos de los pasillos y la cocina de las casas chorizo eran una especie de huella digital.
Patio, divina intemperie
Ahora, díganos… ¿Prefiere baldosas rojas o amarillas para el patio? Mire que el “diseño vainilla” –como se llamaba a éstas últimas– es furor. Y no vaya a creer que se trata de algo menor, ¿eh? Que como ya le hemos contado, los patios de Buenos Aires lejos estuvieron de ser un espacio residual de la arquitectura porteña. Y aunque partidos al medio, los de las casas chorizo no fueron la excepción: pulmón del hogar, lugar donde tomar la fresca –cuando no en la vereda–, no había nada como salir al patio cuando ya bajaba el sol y, en patas, a manguerazo limpio, sacarle el calor del día; sentir el agua fresquita bajo las plantas de los pies. Mientras que las otras, las verdes y floridas, también recibían la suya desprendiendo ese olor a tierra mojada que no se sabía si salía de ellas, de los macetones de concreto o de las propias baldosas. Protagonista del fin del día eran los patios, del ver pasar el tiempo y reunirnos en torno ya no aun fuego, como en invierno en torno a las cocinas de hierro, si no en torno a la palabra.
Frío-calor
Claro que si de frescura hablamos. O mejor dicho, si de mantener la casa siempre templada, no solo los patios y los pisos cumplían su función. Los techos de bovedilla, con sus filas de ladrillos sostenidas por vigas de hierro, de cuatro o cinco metros de altura también hacían lo suyo. Es que las medidas ya lo dicen todo… La altura permite que el calor suba, manteniendo fresca la habitación abajo. Mientras que en invierno, aislado ya el frío pisos abajo, y filtrándose por las puertas que dan al patio la luz baja del sol invernal, nada más se precisaba. Incluso, si se quería ventilar un poquito los cuartos, ahí estaban las banderolas: esas ventanitas horizontales presentes sobre las puertas, que se abren con una varilla de metal para permitir una sutil pero eficaz entrada de aire. Y si todas las banderolas se abrían a la vez, circulación asegurada.
Eso sí, en la cocina, con los pisos de mosaico y sin el aislante de la pinotea o el caldén, la cosa se ponía más fulera. En verano, ventilamos con las banderolas. Y hasta el calor de la cocina sube. Pero en invierno, hubiera o no algo cociéndose en las ollas, las cocinas a fundición no tenían respiro: meta leña y carbón, eran una especie de hogar sin chimenea. Tráigase al banquito que hay lugar, parroquian@. Mire que el espacio es codiciado… Deje un huequito nomás para poder abrir la puerta del bajo escalera. Escondite preciado si los había, pues ahí se guardaba no solo el carbón, sino las conservas y los dulces caseros. Todo para, cual hormigas, hacernos la panzada invernal.
Como verá las casas chorizos eran completitas, completitas. Pensadas para habitar pero también para vivir. Y por qué no, mirar las estrellas y soñar, que nos basta con tomar la escalera caracol y salir a la terraza para sentir que tocamos el cielo. Para reunirnos bajo su “techo” azul alrededor de las largas mesas que, con sillas plegables y un par de tablones, se armaban cada Nochebuena y 31 de diciembre; para tirar una cañita y pedir un deseo que flamease alto y fresco como la ropa tendida al sol. ¿Qué las casas chorizo no perezcan de olvido? Tal vez, que volvamos al intento de vivir todos lo amables que ellas nos enseñaron.