¿Cuántas veces escuchamos aquello de que una travesura, un mundo imaginario o un juego incomprensible para “los grandes” es “cosa de chicos”? ¿Y si lo que siempre creímos “cosa de grandes” también fuera de ellos, también les perteneciera por historia pero, a la vez, por emparentarse a ese segundo hogar de la infancia que es la escuela? Porque escuelas y pulperías vayan si han tenido que ver… Sí, aunque usted no lo crea, como popularmente se dice. Por lo que estas líneas son, sin dudas, una invitación a leer para creer.
Como rulo de estatua
Uno, dos, tres, ya… ¿qué es lo primero que se le viene a la cabeza con la palabra pulpería? Sí, sí, tod@ memorios@ lector/a del blog pulpero recordará que alguna vez ya le hicimos esta pregunta. Y el inventario de anécdotas y realidades del que iba la respuesta constaba de: riñas, guitarreadas, juego de naipes o tabas, filosos duelos de labia y alcohol a troche y moche. Ahhh, la pulpería, universo de “vagos y mal entretenidos”, ¿cómo es posible que la escuela tenga algo que ver con ella? Pues resulta que por sobre todo lo dicho, o a pesar de ello, la pulpería tenía una virtud inigualable: siembre estaba. Firme, paradita en el medio de la nada, cuando la pampa se hacía inmensa, allí estaba: era ella el alto de los altos allá por los siglos XVIII y XIX. El único espacio de abastecimiento, de sociabilidad, de distracción, de reunión. Y lo sería mucho más allá de los verdes llanos pampeanos.
Asistencia perfecta
Común, gratuita y obligatoria. Así sería la educación en Argentina a partir de la ley 1420, promulgada en 1884 bajo la presidencia de Julio Argentino Roca. El caso es que de la teoría a la práctica… Una cosa era implementar la ley den Buenos Aires y otras ciudades, pero en la indómita Patagonia, donde las distancias parecían desconocer de finales y el clima se ponía fiero, el asunto era bien distinto. A la escuela pública le costó hacer pie, por lo que primaron las escuelas fundadas por colonos. Hasta que se pensó en una vuelta de rosca: si no hay escuela a la que los chicos puedan ir, que la escuela vaya a los chicos. Así nacieron las escuelas ambulantes: maestros que iban sembrando conocimiento a su paso, pueblo a pueblo, estableciéndose por unos meses en cada uno de ellos. Y aunque el proyecto no era moco de pavo ni mucho menos –menudo trecho había que recorrer entre una población y otra–, se le dio arranque de todos maneras. La pregunta del millón es ¿dónde? Y la respuesta, a estas alturas, parece caer solita, ¿no cree? Sí, las pulperías.
Cátedra pulpera
Así la cosa, pulperías y almacenes de ramos generales oficiaron de aulas. Ahora bien, ¿qué tienen para enseñarnos hoy, que ya no lo son? Y lo cierto es que para ensayar la respuesta, bien vale pensar en aquello que fueron. Lo dicho, lugares de abastecimiento, de entretenimiento y sociabilidad; postas en el camino, y así también refugio o simplemente humanidad. Germen de pueblos paso del tren mediante, incluso en las geografías más desoladoras, donde las pulperías se alzaron como estandartes de vida social, económica y cultural, favoreciendo las comunicaciones: también ellas se ocupaban del correo. Y, para más, en aquellos pequeños pueblos carentes de entidades bancarias, los almacenes –descendientes de las pulperías– oficiaron de casa de depósito y crédito de dinero para clientes. Ya fuera se tratase de un chacarero, un peón u hombre de oficio digno de confianza, los almacenes ofrecían a ellos el mismo respaldo y solvencia que un banco. ¿Qué tal? Eso sí, nada de reducir las pulperías al ámbito rural. Que las hubo urbanas, y por montones. Buenos Aires llegó a ser, de hecho, una de las ciudades coloniales con mayor cantidad de pulperías por habitante: en 1813, el promedio era de una cada noventa. Lo que tomado como referencia los aproximados tres millones de personas de la actual Ciudad de Buenos Aires daría un total de… ¡cerca de 33 mil pulperías! Imaginará, no podemos estar más felices de ser hoy la única: la Pulpe.
Pasando lista
¿Bebidas? Presentes –y si tiene alcohol, ni le contamos– ¿Comestibles? Presentes. ¿Artículos de mercería y ferretería? Presentes. ¿Vajilla, velas, candeleros, alguna que otra pilchita? Presentes. ¿Leña, para cuando llega el invierno? ¿Y cuerdas de guitarra, para algún bohemio en apuros? Presentes y más que presentes. Las pulperías urbanas tenían asistencia perfecta de cuanto fuese que necesitase. Y si también de clientes en las zonas más rurales (peones, terratenientes, gauchos, indios, militares… no había rangos ni clase social que excluyera), la cosa era un poco distinta en las ciudades: la “gente bien” enviaba su servidumbre, pues no estaba dispuesta a encontrarse con el pópulo. Aún así, la disimilitud llamaba a la puerta de un espacio común, y que por ello contaba con normas. Todo parroquiano era bienvenido mientras se las respetase, favoreciendo la convivencia. Sí, convivencia, pues con el correr de los años, la compra era cada vez más una excusa para tomarse un recreo y compartir. ¿Volvemos a pasar lista? Más no de las mercaderías en cuestión, si no de las palabras dichas que, en este caso, más nos importan: normas, espacio común, convivencia, recreo, compartir. Si siente un tufillo a escuela, no es pura coincidencia…
Recreooo
¿Vio cuánto en común han tenido las escuelas y las pulperías? Incluso, para los más chicos. Y ya no remitiéndonos a aquellos tiempos de escuelas itinerantes, sino a los del fulgor pulpero en Buenos Aires. Sí, a cuando tal como supo grabarlo don Hipólito Bacle en sus litografías, los chicos jugaban en la vereda, en las puertas de las pulperías, mientras los grandes los mayores conversaban y tomaban algo. Claro que en los pagos de la Pulpe, el recreo corre de la puerta de la adentro, recordando los juegos que tan pulperos han sabido ser. Ah, y con todas sus curiosidades a cuestas. ¿Y si le contamos que el famoso juego del sapo, tan disputado por vascos y asturianos es verdad de origen inglés? ¿O que la perinola es prima del judío dreidel? O, para más, que las canchas de tabas se llamaban “queso”, porque la tierra debía estar bien blandita para que este hueso de vaca se clave en vertical y entonces se dé el tiro maestro. Porque aunque en la Pulpe no haya hoy más quesos que los que servimos en nuestras picaditas, sí que las tabas esperan a ser descubiertas, los cospeles o monedas a ser embocados en la boca del sapo o la “bruja”, la perinola a que la hagan girar y girar… ¡Las aventuras de Ásterix y Óbelix a ser leídas y revividas! Mientras le compartimos un secreto: los pantalones del fortachón Óbelix tiene los colores de la camiseta de Racing, de quien fue fanático su creador, el francés René Goscinny.
Como verá, las pulperías fueron también cosa de chicos. Así como la Pulpería Argentina lo es hoy. Y a cada uno de ellos abre sus puertas para jugar, sí, pero también para aprender, curiosear, preguntar y entender sucesos de diferentes épocas –la casona pulpera sabe de burguesía e inmigrantes, de invasiones y revoluciones, de epidemias, de esclavitud e independencia; de inventos, hallazgos y descubrimientos–. Pero por sobre todo, invita a conocer maneras de vivir y convivir: del campo y la ciudad; del pasado y el presente. Siempre con vistas a ese futuro que, de mano de los chicos, esperamos salir a habitar.